Posts etiquetados ‘crítica’

El tercer disco de estudio de Alcest salió a la venta este febrero con unas dosis de expectación pocas veces vistas en en el mundo del black metal. Por definición, el black metal no es un género de masas, sino que más bien se ciñe a un entorno underground de seguidores acérrimos, capaces de defender con su sangre la honestidad y valía suprema del mismo. Es un medio exageradamente conservador, donde por principio se desconfía de todo lo que no contenga los ingredientes marca de la casa:blast-beats, distorsión extrema, riffs afilados como cuchillas y voces agónicas ininteligibles, preferiblemente en una lengua incompresible de raíz escandinava.

Alcest superó casi desde el primer momento esa visión limitada para abrazar un sonido mucho más ecléctico, fusionando con valentía a tribus urbanas aparentemente opuestas. Y visto el éxito arrollador que ha tenido Neige, girando por todo el mundo sin parar, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ha triunfado en su empeño. Sus conciertos son una amalgama extraña en la que se mezclan indies y alternativos, atraídos por el post-rock y el shoegaze, y heavies de pro, en busca de su dosis de riffs, blast-beats y voces agónicas. Y todos salen satisfechos.

A pesar de la naturaleza extrema que se puede encontrar en la raíz de Alcest, Neige compone una música muy accesible. Esto se debe por entero a la intención contemplativa con la que el músico francés dota a sus composiciones, buscando iniciarnos en un maravilloso viaje por paisajes de ensueño. Una realidad paralela llena de magia primordial y misterios entrañables. ¿A quién no le atrae semejante planteamiento? Para disfrutar de Alcest tan solo se necesita una mente abierta y compartir su visión escapista. El resto viene a continuación. La distorsión, las voces black, la percursión acelerada. Todo, tarde o temprano, hace click y cumple su función en ese gran panorama onírico. Porque la música de Neige tiene mucho que ver con las artes plásticas.

Veo a Alcest como el heredero y el último eslabón de una tradición musical impresionista. Es el Debussy del siglo XXI, pintando claros de luna con distorsión y electricidad. Los medios cambian pero la intención y el fin son los mismos: adentrarse en las profundidades de nuestra imaginación y sembrar visiones de luz. Luz apacible, luz violenta. Luz cálida, luz fría. Luz interna, luz externa. Luz llena de contenido. Luz repleta de pasión. Luz mágica. Luz.

Les Voyages De L’Âme. Los viajes del alma. Las travesías que nuestro espíritu acomete una vez nuestro cuerpo cae rendido al sueño. Los viaje astrales en los que trascendemos la realidad inmanente que nos sofoca y nos ahoga en el día a día. Los viajes al pasado, al sagrado mundo de nuestra primera infancia, al mundo que dejamos atrás al perder la inocencia y al que jamás volveremos de otra forma. Los viajes al caleidoscopio primigenio, la paleta de colores en la sumergimos nuestros corazones y pintamos en el firmamento infinito nuestra verdadera patria. Somos creadores de mundos. Feudos en los que reconocemos las facciones de nuestro hogar, nuestra esencia viva, las escamas de la luna sobre un lago a medianoche.
9/10

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Tenemos que hablar de Kevin

Las relaciones materno-filiales siempre han estado rodeadas de cierta aura sagrada. ¿Hay algo más incondicional que el amor de una madre? En casi todas las culturas se pone de ejemplo como el amor más puro que existe, tanto que se ha convertido en un cliché, porque las relaciones entre madres e hijos son mucho más complicadas de lo que la sociedad nos hace creer.

Lionel Shriver no se amedrenta a la hora de tratar un tema difícil, brutal y desgarrador en su concepto básico. Pero era necesario que alguien sacara el tema a la palestra. Lo que es seguro es que una vez hecho hablaremos de Kevin durante años.

Eva Katchadourian es una mujer libre, autónoma, independiente. Cuando cerca de los cuarenta decide tener un hijo en un momento de reflexión sobre la mortalidad de su marido, lo hace con una fe sólida en que la experiencia de la maternidad consiga ahuyentar sus recelos. Sin embargo, ya desde el principio se siente secuestrada por el ser que se nutre y forma dentro de ella. Y cuando nace Kevin es el típico niño difícil que no deja de llorar nunca, que no quiere comer y que no parece tener ningún aprecio por su madre. Conforme vaya creciendo Eva se irá convenciendo de que algo no va bien con Kevin, que aun siendo un niño cuenta con una naturaleza intrínsecamente malvada. Una persona de la que puede hablar, pero a la que nunca ha podido querer.

Presentada en forma de novela epistolar, el libro de Shriver nos mete en la piel de Eva, en sus reflexiones más profundas mientras trata de recomponer las piezas de una tragedia a la que ya desde el principio sabemos que la historia está abocada. ¿Es el hombre un ser malvado por naturaleza? ¿Puede un niño demostrar un talento genuino a la hora de ejercer el mal? ¿Travesura inconsciente o maldad premeditada? Shriver pone sobre la mesa todas estas preguntas y aún más en la búsqueda de una explicación a la sinrazón de la barbarie.

A pesar de la estructura epistolar del libro, la narración toma un ritmo de thriller ya desde un primer momento, reventando los cánones del género en el proceso. Aquí ya sabemos desde el principio quién es el asesino. A la autora le interesa el porqué. Y a aún así se las arregla para guardar unas sorpresas que dejan al lector sin aliento, absolutamente horrorizado. El libro no se explaya en detalles escabrosos, pero posee una violencia psicológica y emocional enorme. Eva nos lleva de la mano a lo largo de toda su pesadilla infernal. Nos identificamos con ella y sufrimos en sus carnes todo el derroche de maldad explícita de la que solo el ser humano es capaz.

El libro ganó de forma merecida el premio Orange en 2003. En el festival de Cannes del año pasado se estrenó la película, protagonizada por una Tilda Swinton magistral. El film recoge la esencia del libro y añade unos elementos propios del medio audiovisual que refuerzan la connotación de profunda violencia que posee la historia, huyendo siempre de la escabrosidad gráfica.

Todo el mundo debería hablar de Kevin

Anathema es uno de sus grupos que han conseguido convertirme en fan incondicional por las emociones que su música me llega a provocar. Su noveno trabajo de estudio, Weather Systems, es ante todo un disco emocional, y eso, a pesar de una primera impresión algo floja por la sencillez compositiva de la que hace gala, ha conseguido hacerse un hueco entre uno de mis discos favoritos del año y encaramarse a trilogía beatífica que se inició con A Natural Disaster y continuó con We’re Here Because We’re Here.

El LP empieza directamente con el mejor corte de todo el disco. Anathema no se ha reservado nada, y expone su mejor tema al principio. Un acorde repetitivo, sucesiva incoporación instrumental de manera progresiva, armonías vocales de ensueño y unas letras exquisitas en su sencillez aparente. Untouchable es una clara muestra de lo que este disco nos ofrece: tranquilidad, belleza, paz y candor. Los hermanos Cavanagh y los hermanos Douglas han colocado, en un movimiento no exento de riesgos, las dos partes de su tema estrella de forma sucesiva. El efecto es inmediato. Aunque la primera parte cuenta con más fuerza intrínseca, la segunda le sigue a la perfección con un acercamiento más introspectivo.

Las siguientes cuatro canciones componen el meollo del disco, esos sistemas meteorológicos con diferentes estados de ánimo. Así The Gathering of the Clouds nos pone en tensión y nos prepara para la inminente tormenta. Lightning Song es toda una sorpresa, con la suave voz de Lee Douglas comandando el tono prístino de la canción. La letras puede parecer ingenua, pero es sin duda una de las canciones más optimistas que haya escuchado nunca, y ya solo por eso se merece una mensión especial. Sunlight cuenta con una percusión más poderosa, pero no es hasta The Storm Before the Calm cuando realmente tenemos algo de rock consistente por estos británicos, otrora estandartes del death/doom más extremo. El drone y el noise se mezclan a la perfección en la primera mitad de este gigante de más de 9 minutos, creando una atmófera de tensión, violencia y desorientación. Y tras la tormenta, la calma, con las preciosas armonías liberadoras de Vinnie y Lee. Las tres últimas canciones del disco son mucho más lentas e intimistas, sobrevolando sentimientos profundos que van desde la melancolía a la paz interior

El sonido del disco basa toda su fuerza en la creación de atmósferas que, en una progresión in crescendo, llegan a explotar en un clímax de auténtica plenitud musical. Desde un punto de vista compositivo todo es muy sencillo, haciendo gala de un sonido uniforme, repitiendo muchas notas y acordes a lo largo de los diferentes cortes. Las melodías de cuerda subrayan el sonido intimista que el grupo ha querido imprimir en este disco. No hay nada que distraiga del objetivo último, un viaje por nuestras emociones más profundas e íntimas. Es muy fácil desdeñar este disco como una producción sensiblera y un punto perezosa, pero sería un grave error. Debajo de Weather Systems hay un sonido genuino, profundo y conmovedor. Decenas de escuchas después las melodías siguen teniendo el mismo efecto mágico de la primera vez.

9/10

Crónica del concierto Mastodon + Red Fang

El 23 de enero Mastodon aterrizó en la capital de España para presentarnos su último trabajo, The Hunter, quinto de su carrera. La fecha señalada caía en lunes y, teniendo en cuenta que suelen ser unos habituales de los festivales veraniegos (ya les había visto en el Monsters of Rock del 2007 y en el Sonisphere del 2011), no esperaba mucha asistencia en La Riviera. Me equivoqué por completo.

A las ocho de la tarde se abrieron las puertas y media hora más tarde salían a escena los teloneros, los stoners Red Fang. Esta banda de Portland practica un heavy rock muy setentero, y a pesar de todo, bastante sureño, así que casa a la perfección con Mastodon. Nos ofrecieron un concierto muy correcto, derrochando actitud y una música directa, sin muchas complicaciones pero muy efectivo. Reservaron su gran tema, Prehistoric Dog, para el final, y consiguieron irse entre vítores y aclamaciones del público.

Mientras esperábamos la salida de Mastodon eché una mirada en derredor y me sorprendí de la afluencia de gente en la sala. Se había llenado como la vez en que acudí a ver a Within Temptation. Teniendo en cuenta la naturaleza difícil del sonido del grupo me parecía increíble. La composición del público era de lo más variopinta, y no estaba formada únicamente de metalheads como uno pudiera esperar. Lo que sí fue más homogéneo fue el aroma a marihuana que empezó a circular por entonces. Al parecer muchos querían entonarse en condiciones para afrontar la psicodelia del grupo con plenas garantías.

Sin hacerse mucho de rogar, Mastodon salió a escena y sin decir una sola palabra empezaron con el trallazo de Dry Bone Valley, para luego pasar a Black Tongue y Cristal Skull. Diez minutos y tres temas en el concierto y ninguno de ellos se había dirigido al público para nada. Ni siquiera presentaban las canciones. Tampoco hacía falta, allí todo el mundo se las sabía de memoria. La calidad del sonido era bastante buena, con unas guitarras muy potentes que reclamaban toda nuestra atención y una percusión rigurosa. Las voces se perdían a menudo entre tanta distorsión, pero nadie las echó mucho en falta. Mastodon no hacen gala de unos buenos vocalistas y aunque han ido mejorando con los años, no es eso lo que la gente busca cuando va a verlos.

El sonido de Mastodon es una amalgama sludge con aspiraciones progresivas que suele apabullar por su compleja mezcla. Son tan directos como un derechazo a la mandíbula pero lo suficientemente complejos como para confundirte. Por eso lo califico de grupo difícil. Y por eso me sorprende la cantidad de seguidores que consiguen reunir en torno a ellos.

La actuación duró poco más de hora y media, pero resultó agotador. La aprovecharon al máximo, sin dar tregua en ningún momento y sin levantar el pie del acelerador. Solo al final, con la espectacular y extraña Creature Lives, dejaron la omnipresente distorsión un poco al margen. En total, 23 canciones, con hasta 9 de su último disco. El resto se repartió entre los cuatro anteriores, aunque Crack the Skye salió bastante perjudicado con solo un par. Personalmente eché de menos Oblivion y estuve medio concierto esperando a que saliera a escena. Fue una pequeña decepción, pero soportable tomando en cuenta la calidad total del concierto.

A Mastodon se les ha criticado el directo muy duramente. Reconozco que han ido mejorando a lo largo de los años, e instrumentalmente son una pasada sobre el escenario. Las interpretación vocal es otro tema, pero a estas alturas no creo que nadie espere milagros de estos red necks, y mientras Dailor y Sanders copen esa faceta no me preocupan (Hinds es otra historia, no soporto su chillido agónico, parece que está pasando una piedra en los riñones). Volverán a nuestro país en el Sonisphere de este año, pero a las 4 de la tarde bajo un sol de justicia y tragando polvo no es la situación ideal para disfrutarlos. De todas formas este año el festival lo han puesto a finales de mayo, así que puede que nos ahorremos todas esas penurias. También puede que los coloquen más tarde, ya que por calidad lo merecen, aunque muy cargado viene el Sonisphere de este año, con Metallica, Soundgarden, Slayer y un montón de grupos más.

Mastodon ha ido creciendo en mí muy lentamente. En el Monsters of Rock de 2007 no me digné a salir de la caseta de prensa y los escuché desde lejos. Después de este concierto no puedo dejar de escuchar The Hunter. Y pocos grupos consiguen reengancharme después de verlos en directo. Normalmente suelen defraudarme. Mastodon ha conseguido justo lo contrario.

Crónica del festival Madrid is the Dark III (parte 2)

Tras una breve pausa para cenar algo rápido volví a entrar para enfrentarme a los dinosaurios alemanes de Morgoth. Me coloqué a una distancia prudencial esta vez, sobre los escalones del fondo de la sala, ya que de alguna forma me temía lo que podría pasar. Efectivamente, estos death metalheads de la vieja escuela no saben hacerlo suave. Su brutal death metal es un hachazo directo a las cervicales. A 140 decibelios de distorsión extrema, en una sala pequeña, de techo bajo, con esos gigantes alemanes sobre el escenario, los flashes rapidísimos y el vozarrón de ultratumba de Marc Grewe, creí estar ante una visión infernal. Se formó un mosh pit violento en el centro de la sala y todo el mundo empezó a moverse como si estuviera atrapado en un torbellino que los succionara hacia abajo y luego los vomitara con odio. En un momento de locura metal un tipo enorme que rozaría el centenar de kilos traspasó las vallas de protección y se subió al escenario. La verdad es que Marc hizo un buen trabajo, controlando una situación potencialmente peligrosa con mucha profesionalidad y sin parar la actuación en ningún momento. La tralla del concierto fue tan exagerada que me dejaron exhaustos después de tan solo 50 minutos. Verlos en directo es una de esas cosas que hay que hacer al menos una vez en la vida.

Y así, siete horas después de internarnos en la oscuridad de la Penélope, nos dispusimos a darles la bienvenida al plato fuerte de la noche, los legendarios Enslaved. Este grupo seminal de black metal noruego no me había llamado nunca mucho la atención. Hasta que escuché su último disco. Axioma Ethica Odini es uno de los discos de la década, una colección de nueve canciones en la que los noruegos fusionan a la perfección toda la tradición black noruega con sus intereses progresivos y psicodélicos. Es un disco tan profundo que nunca te cansas de escucharlo, con todo tipo de progresiones, interludios melódicos, blastbeats exagerados y psicodelia contemplativa. Imprescindible.

Las expectativas eran estratosféricas. Me coloqué en las primeras filas y preparé la garganta para gritar con todas mis fuerzas. Sonó Axioma a modo de intro y se me erizó el vello de los brazos, previendo lo que iba a pasar a continuación. Salió el gigante de Grutle, el público estalló en vítores y empezó el riff monumental de Ethica Odini, la apertura del disco y una de las mejores canciones de toda la escena black. La complejidad instrumental de la canción es manifiesta, con líneas de guitarra entrecruzándose en el estribillo de una forma enajenante, con las voces limpias del teclista Larsen surcando veloces y el feroz rugido de Grutle acechando como la bestia que es. Y vuelta a la estrofa y ese riff monolítico capaz de derretir montañas. Es una melodía definitiva, explosiva y evocadora al mismo tiempo. Perfecta.

Tras saludar a la gente Grutle empezó a hablar sobre la rueda del tiempo y todos supimos que iban a abordar Raidho. El sonido en las primeras filas no era tan bueno como más atrás, pero todo fuera por ver de cerca de la bestia de Grutle exorcizando demonios de su garganta como si aquello fueran un mero paseo por el parque. Concedieron una buena parte del selist a su vena más progresiva, con canciones como Fussion of Sense and Earth, Ruun y Ground, que dedicaron a todas las féminas congregadas en la sala. Volvieron a su último trabajo para tocar la apisonadora Giants.

Tocaron una selección de lo más granado de su discografía reciente para luego tentarnos preguntando si queríamos algo de “old stuff”. Tras la respuesta entusiasta nos regalaron una versión impresionante de la archiconocida Inmigrant’s Song. Sonó de maravilla, rezumando Enslaved y black metal por todos los poros pero respetando la identidad Zeppelin. Por si alguno se había sentido engañado decidieron dejarnos una perla arqueológica, Allfǫðr Oðinn (Allfather Odin), de su EP debut de 1993 Hordanes Land. Volvieron en los bises para el clásico Isa y se fueron despedidos por un público entusiasta. En su hora y veinte de concierto consiguieron crear una experiencia de éxtasis, esas en las que las ondas sonoras consiguen transportarte a través del espacio y del tiempo, a dimensiones paralelas extrasensoriales donde olvidarte de todo y sumergirte en la miasma primordial de donde procede todo lo que existe.

Volví a casa reventado. Necesitaba recuperarme en un tiempo record para el asalto del día siguiente.

Continuará…

Crónica concierto Amorphis + Leprous

 

El sábado 19 coincidieron dos de las actuaciones más esperadas por cualquier amante del metal. Por un lado tocaban Opeth y Pain of Salvation en la sala Penélope y Amorphis y Leprous en la Sala Arena. Un choque de titanes en toda regla. A pesar que Opeth tenía las de ganar (por prestigio, alcance, calidad, nombre de los teloneros) tenía en contra el recinto, que no podía competir de ninguna manera con la Sala Arena y que equilibraba bastante la balanza. Soy seguidor de Opeth desde hace muchos años y discos como Blackwater Park y Ghost Reveries me parecen obras maestras, sin embargo la perspectiva de pasar otra velada en la sauna en la que sufrí a Symphony X un mes antes no me apetecía mucho. Entre que valoraba los pros y los contras una y otra vez se me pasó el arroz, es decir, se agotaron las entradas y me quedé con un palmo de narices. De todas formas no lo lamenté mucho. Ya no tenía que elegir. Era cuestión de ver el vaso medio lleno.

Llegué un poco apurado de tiempo a la cita, pasadas las siete y media, hora que señalaba la actuación del primer grupo de la noche, los españoles Nahemah. Nada más llegar empezaron la que fue su última canción de la noche. Miré el reloj. Me había pasado solo tres minutos de las siete y media, ¿cómo podía ser que estuvieran ya en la última canción? La respuesta había que encontrarla en los cambios a última hora que suele haber si las salas quieren adelantar sus sesiones de discoteca. En ningún sitio se había avisado de nada, y como yo fueron varios los que se perdieron a Nahemah. A pesar de todo al parecer tocaron unos míseros 20 minutos, así que tampoco nos perdimos mucho por cantidad, sin embargo, por lo que pude entresacar de una sola canción, sí que lo hicimos en cuestiones de calidad. Nota mental: escuchar a Nahemah.

A las ocho los noruegos de Leprous ya estaban sobre el escenario con su novedosa puesta en escena. Los cinco integrantes del grupo iban conjuntados, vestidos con ropas que remarcaban el rojo y el negro, con corbatas, camisas, chalecos y pajaritas. Daban una impresión más indie que otra cosa, pero nada más empezar el concierto Einar Solberg se encargó de disipar dudas. A pesar de tener la responsabilidad de los teclados, el cantante del grupo y sus rastas rubias se echaron a la espalda además la tarea de animar al público, haciendo el headbanging más salvaje que haya visto sobre un escenario. El tío agitaba la cabeza con tanta fuerza que creía que se iba a abrir la frente contra los teclados en cualquier momento. Se inclinaba tanto a la hora de bajar que ponía la cabeza entre las rodillas. A toda velocidad. Mientras tocaba los teclados, sin saltarse una nota. Una locura.

Leprous hace progresivo, pero sus temas más cañeros tienen tanta fuerza, son tan directos, que en muchas ocasiones aquello parece industrial. Los tíos son bastante capaces en sus tareas pero no subrogan la canción a su virtuosismo como hacen muchos en la escuela Dream Theater. Para Leprous lo importante es la creación de atmósferas, las emociones, lo que vertebra una canción. Se comportan como un todo, muchas veces acercándose al Wall of Sound para provocar una experiencia conjunta, única, ya sea calmada y contemplativa como en Mb. Indifferentia o la implosión cósmica de Waste of Air. Este tema de cinco minutos fue el súmmum. No tengo otra manera de describirlo. Me acordé de los momentos más bestiales de Mogwai, esa enajenación que te absorbe por completo y te funde los plomos del cortex cerebral, subiendo el input eléctrico de tus conexiones neuronales al standard de Nikola Tesla. Terminaron con Forced Entry, tema de diez minutos que resume a la perfección su último disco, el tercero de su carrera y que nos presentaron con orgullo en aquellos 40 minutos que se hicieron escasos. Cuando unos teloneros consiguen que no quieras ya ver al grupo principal si eso significara seguir con ellos es que lo han hecho de puta madre.

Pese a que nos habían metido mucha prisa, Amorphis se tomó sus buenos tres cuartos de hora antes de salir. A excepción de un pie de micrófono muy pintoresco, con válvulas, muelles y óxido incluidos, los fineses no utilizaron ninguna parafernalia. Sonó la melodía de Battle For Light a modo de intro orquestal y fueron saliendo para dar rienda suelta al Song of the Sage.

El nuevo disco de Amorphis, décimo en su dilatada carrera, adolece de una crisis de identidad. No hay absolutamente nada que no hayan hecho antes y mejor. Con Skyforger cerraron una etapa, llegando a la cumbre de la “trilogía Joutsen”. Al año siguiente sacaron una recopilación de temas de sus primeros discos, su etapa death, y los regrabaron con Joutsen. Y este año han sacado este The Beginning of Times que es una especie de mezcla de todo lo que han hecho hasta ahora: melodías pegadizas con una base de piano, riffs épicos, voces limpias y death growls. El problema es que ninguna melodía es muy pegadiza, ningún riff muy épico y Joutsen, siendo tan bueno como es, tampoco puede hacer milagros. Y en este tour han hecho lo mismo, tirando por la calle del medio con un setlist anodino y poco acertado, con un gran énfasis en el recopilatorio.

Los fineses estuvieron correctos, pero si no llega a ser por Joutsen hubieran fallado miserablemente. Esa Holopainen es uno de los guitarristas más sosos que haya visto nunca. El tío ni siquiera movía la cabeza y se pasaba la mayor parte del tiempo de lado, pasando del público, como si no estuviera allí. Cuando hicieron la cover del infame “Pussy” de Rammstein (el tema más asqueroso de un grupo sobrevalorado) a modo de intro no me lo podía creer. No podía entender como eran capaces de no tocar ni una sola canción del maravilloso Silent Waters y dedicarle un minuto a una de un grupo claramente inferior.

Tras doce canciones se fueron y volvieron para los tradicionales bises. Sonó la intro de Skyforger y me emocioné recordando la gran canción que es pero sabiendo de antemano que iban a tirar por el single de Silver Bride, una canción que considero la hermana menor de Skyforger, aunque muy buena. Siguieron con My Kantele, en la que Esa tuvo a disposición durante unos segundos un kantele eléctrico, algo que se quedó más en una curiosidad que en otra cosa dado el poco uso que le dio. Dieron por finalizado el concierto con House of Sleep, un temazo indiscutible del primer trabajo tras el renacimiento de Amorphis y el advenimiento de Joutsen.

Los fineses no habían llegado a la hora y media en total y se habían dejado muchas canciones en el tintero. Es una opinión muy personal, pero reconozco que el setlist me dejó  algo frío. Pero aun así fue una gran noche por varias razones. Una sala impresionante, con un gran ambiente y nada de agobios. Unos teloneros mayúsculos. Un tío con rastas por las rodillas que a la hora de hacer el molinillo creaba unas aspas asesinas de dos metros de diámetro. Descomunal Joutsen.

Crónica del concierto PAIN + Engel

A última hora la organización del concierto de presentación del último disco de PAIN decidió cambiar el local del evento. De una sala Heineken que estaba planeada desde hacía meses se pasó en poco tiempo y sin casi publicidad a la sala Caracol. No he podido averiguar las razones del cambio, pero tampoco tuvo mucha importancia porque las dos salas son bastante decentes en cuestiones de acústica. La Caracol sale ganando en su faceta visual, con un escenario más elevado y despejado que permite ver el espectáculo mucho mejor que en la Heineken.

Las puertas se abrieron con un poco de retraso, pero por allí no había mucha gente, y cuando salieron los teloneros de Engel la sala estaba vacía en dos tercios. Este grupo sueco sigue al dedillo la fórmula de la escena de Gotemburgo, un death metal melódico basado en riffs bastante pesados y la alternancia entre voces guturales y voces limpias. Tocaron 45 minutos en los que repasaron temas de los dos discos que han publicado hasta la fecha, Absolute Design y Threnody. A pesar de que el grupo cuenta con cinco miembros, sobre el escenario solo había cuatro. Llevaban partes pregrabadas de la guitarra rítmica y se notaba bastante, lo que restaba mucha fuerza al grupo. De todas formas el concierto fue decente, tocaron con bastante profesionalidad y el cantante Magnus Klavborn estuvo bastante solvente, haciendo un buen trabajo con sus alaridos a lo Anders Friden (In Flames) como con su voz melódica. En la segunda canción apareció en escena un tipo desnudo salvo por una toalla, totalmente desubicado, que parecía estar buscando algo. Tras treinta segundos en que los integrantes del grupo le miraban con una cara de WTF descomunal, se acabó yendo, dejando una impresión en toda la audiencia, y facilitó unos buenos chistes a Magnus.De todas formas, cuando llegaban al final, el sueco presentó su tema “Propaganda” como un tema compuesto para producir un Mosh Pit. Magnus, desde aquí tengo que decir que eres gilipollas. En Escandinavia convocas al personal para que hagan un Mosh Pit y te miran con cara rara. Lo haces en España y siempre te vas a encontrar a cuatro gilipollas con ganas de bronca. Y yo, que me había puesto bastante cerca del escenario aprovechando que había poca gente, tuve que sufrirlos. Una cosa es que lo hagan de forma espontánea, otra que tú directamente los provoques. Lo dicho, Magnus. Eres gilipollas.

La “PAIN crew” salió a escena y dispusieron con bastante rapidez de todo el escenario. En veinte minutos se oscureció todo y apareció el montaje que habían preparado. Gracias a una estructura de madera sostenían cuatro pantallas de plasma en el aire que rodeaban a la gigantesca batería. Gracias a luces azules y a los motivos de la mascota de PAIN todo estaba impregnado de un marcado aire industrial, de rave electrónica fusionado con un festival de heavy metal. Peter Tagtgren y sus asalariados empezaron con el rápido “Let Me Out” del nuevo disco, “You Only Live Twice”. Es un tema rápido, con rabia y mucha melodía: un perfecto ejemplo de la música que compone Peter para este proyecto. Siguieron con temas de los discos anteriores, repasando su amplia discografía y solo en tres ocasiones más volvieron a su disco más reciente. Muy curioso, más aún teniendo en cuenta que el nombre del tour era el “You Only Live Twice” European Tour y ni siquiera tocaron la canción homónima que da nombre también al disco. Una pena, porque es un temazo y de las mejores canciones del LP.

A pesar de todo el público estaba encantado. Cuando me di la vuelta vi que la sala se había llenado bastante desde que Engel había terminado. Parecía estar casi completa, aunque había mucho espacio para moverse. Me llamó la atención la cantidad de chicas en la sala, mucho más de lo habitual en un concierto de metal. Y lo entregado del público. Eran fans incondicionales y Peter planteó un concierto enfocado a ellos, a quienes le habían seguido a lo largo de los años. La decisión de no contar con un teclista sobre el escenario y dejar todos los sonidos industriales relegados a una cinta subraya la importancia de la distorsión de las guitarras y hace que las canciones parezcan muy parecidas. Sin embargo la interpretación vocal de Peter, con todos los registros que posee (voz melódica, chillido agudo, voces guturales, voz pasada de vueltas a lo Judas Priest, etc) hizo el concierto muy entretenido.

Antes de que pasara una hora Peter anunció la última canción de la noche. Me pareció increíble. Tocaron “I’m Going In” y luego, como regalo, nos ofrecieron “Monkey Business”. Y desaparecieron del escenario. Salieron unos minutos más tarde y se sentaron para interpretar el único tema calmado de la noche “Have a Drink on Me”. Al ser el último concierto del tour salieron toda la tropa de la gira y los de Engel con bolsas llenas de globos. El ambiente era de coña total, una gran fiesta del rock. Entre risas se pusieron en pie y continuaron con un Encore anormalmente largo.  Tocaron “Supersonic Bitch” y “Fear the Demons”. Observaron el ambiente de la sala y escucharon como el público les pedía a gritos “On and On”. Después alguien desplegó una bandera que ponía S-PAIN y “Same Old Song”, así que la tocaron. Y luego el batería se bajó, cogió una camiseta y la desplegó. Se leía “Shut Your Mouth”. La lanzó al público y se dieron de tortas por ella mientras tocaban su gran clásico.

A las once de la noche dieron por terminada la velada. Un concierto interesante de un grupo sin ninguna pretensión más que pasarlo bien. El público estaba completamente entregado y la actitud del grupo fue la mitad del espectáculo. En definitiva, una buena actuación de un proyecto sin más, pero porque así está concebido.