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El tercer disco de estudio de Alcest salió a la venta este febrero con unas dosis de expectación pocas veces vistas en en el mundo del black metal. Por definición, el black metal no es un género de masas, sino que más bien se ciñe a un entorno underground de seguidores acérrimos, capaces de defender con su sangre la honestidad y valía suprema del mismo. Es un medio exageradamente conservador, donde por principio se desconfía de todo lo que no contenga los ingredientes marca de la casa:blast-beats, distorsión extrema, riffs afilados como cuchillas y voces agónicas ininteligibles, preferiblemente en una lengua incompresible de raíz escandinava.

Alcest superó casi desde el primer momento esa visión limitada para abrazar un sonido mucho más ecléctico, fusionando con valentía a tribus urbanas aparentemente opuestas. Y visto el éxito arrollador que ha tenido Neige, girando por todo el mundo sin parar, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ha triunfado en su empeño. Sus conciertos son una amalgama extraña en la que se mezclan indies y alternativos, atraídos por el post-rock y el shoegaze, y heavies de pro, en busca de su dosis de riffs, blast-beats y voces agónicas. Y todos salen satisfechos.

A pesar de la naturaleza extrema que se puede encontrar en la raíz de Alcest, Neige compone una música muy accesible. Esto se debe por entero a la intención contemplativa con la que el músico francés dota a sus composiciones, buscando iniciarnos en un maravilloso viaje por paisajes de ensueño. Una realidad paralela llena de magia primordial y misterios entrañables. ¿A quién no le atrae semejante planteamiento? Para disfrutar de Alcest tan solo se necesita una mente abierta y compartir su visión escapista. El resto viene a continuación. La distorsión, las voces black, la percursión acelerada. Todo, tarde o temprano, hace click y cumple su función en ese gran panorama onírico. Porque la música de Neige tiene mucho que ver con las artes plásticas.

Veo a Alcest como el heredero y el último eslabón de una tradición musical impresionista. Es el Debussy del siglo XXI, pintando claros de luna con distorsión y electricidad. Los medios cambian pero la intención y el fin son los mismos: adentrarse en las profundidades de nuestra imaginación y sembrar visiones de luz. Luz apacible, luz violenta. Luz cálida, luz fría. Luz interna, luz externa. Luz llena de contenido. Luz repleta de pasión. Luz mágica. Luz.

Les Voyages De L’Âme. Los viajes del alma. Las travesías que nuestro espíritu acomete una vez nuestro cuerpo cae rendido al sueño. Los viaje astrales en los que trascendemos la realidad inmanente que nos sofoca y nos ahoga en el día a día. Los viajes al pasado, al sagrado mundo de nuestra primera infancia, al mundo que dejamos atrás al perder la inocencia y al que jamás volveremos de otra forma. Los viajes al caleidoscopio primigenio, la paleta de colores en la sumergimos nuestros corazones y pintamos en el firmamento infinito nuestra verdadera patria. Somos creadores de mundos. Feudos en los que reconocemos las facciones de nuestro hogar, nuestra esencia viva, las escamas de la luna sobre un lago a medianoche.
9/10

Anathema es uno de sus grupos que han conseguido convertirme en fan incondicional por las emociones que su música me llega a provocar. Su noveno trabajo de estudio, Weather Systems, es ante todo un disco emocional, y eso, a pesar de una primera impresión algo floja por la sencillez compositiva de la que hace gala, ha conseguido hacerse un hueco entre uno de mis discos favoritos del año y encaramarse a trilogía beatífica que se inició con A Natural Disaster y continuó con We’re Here Because We’re Here.

El LP empieza directamente con el mejor corte de todo el disco. Anathema no se ha reservado nada, y expone su mejor tema al principio. Un acorde repetitivo, sucesiva incoporación instrumental de manera progresiva, armonías vocales de ensueño y unas letras exquisitas en su sencillez aparente. Untouchable es una clara muestra de lo que este disco nos ofrece: tranquilidad, belleza, paz y candor. Los hermanos Cavanagh y los hermanos Douglas han colocado, en un movimiento no exento de riesgos, las dos partes de su tema estrella de forma sucesiva. El efecto es inmediato. Aunque la primera parte cuenta con más fuerza intrínseca, la segunda le sigue a la perfección con un acercamiento más introspectivo.

Las siguientes cuatro canciones componen el meollo del disco, esos sistemas meteorológicos con diferentes estados de ánimo. Así The Gathering of the Clouds nos pone en tensión y nos prepara para la inminente tormenta. Lightning Song es toda una sorpresa, con la suave voz de Lee Douglas comandando el tono prístino de la canción. La letras puede parecer ingenua, pero es sin duda una de las canciones más optimistas que haya escuchado nunca, y ya solo por eso se merece una mensión especial. Sunlight cuenta con una percusión más poderosa, pero no es hasta The Storm Before the Calm cuando realmente tenemos algo de rock consistente por estos británicos, otrora estandartes del death/doom más extremo. El drone y el noise se mezclan a la perfección en la primera mitad de este gigante de más de 9 minutos, creando una atmófera de tensión, violencia y desorientación. Y tras la tormenta, la calma, con las preciosas armonías liberadoras de Vinnie y Lee. Las tres últimas canciones del disco son mucho más lentas e intimistas, sobrevolando sentimientos profundos que van desde la melancolía a la paz interior

El sonido del disco basa toda su fuerza en la creación de atmósferas que, en una progresión in crescendo, llegan a explotar en un clímax de auténtica plenitud musical. Desde un punto de vista compositivo todo es muy sencillo, haciendo gala de un sonido uniforme, repitiendo muchas notas y acordes a lo largo de los diferentes cortes. Las melodías de cuerda subrayan el sonido intimista que el grupo ha querido imprimir en este disco. No hay nada que distraiga del objetivo último, un viaje por nuestras emociones más profundas e íntimas. Es muy fácil desdeñar este disco como una producción sensiblera y un punto perezosa, pero sería un grave error. Debajo de Weather Systems hay un sonido genuino, profundo y conmovedor. Decenas de escuchas después las melodías siguen teniendo el mismo efecto mágico de la primera vez.

9/10

Crónica del concierto Mastodon + Red Fang

El 23 de enero Mastodon aterrizó en la capital de España para presentarnos su último trabajo, The Hunter, quinto de su carrera. La fecha señalada caía en lunes y, teniendo en cuenta que suelen ser unos habituales de los festivales veraniegos (ya les había visto en el Monsters of Rock del 2007 y en el Sonisphere del 2011), no esperaba mucha asistencia en La Riviera. Me equivoqué por completo.

A las ocho de la tarde se abrieron las puertas y media hora más tarde salían a escena los teloneros, los stoners Red Fang. Esta banda de Portland practica un heavy rock muy setentero, y a pesar de todo, bastante sureño, así que casa a la perfección con Mastodon. Nos ofrecieron un concierto muy correcto, derrochando actitud y una música directa, sin muchas complicaciones pero muy efectivo. Reservaron su gran tema, Prehistoric Dog, para el final, y consiguieron irse entre vítores y aclamaciones del público.

Mientras esperábamos la salida de Mastodon eché una mirada en derredor y me sorprendí de la afluencia de gente en la sala. Se había llenado como la vez en que acudí a ver a Within Temptation. Teniendo en cuenta la naturaleza difícil del sonido del grupo me parecía increíble. La composición del público era de lo más variopinta, y no estaba formada únicamente de metalheads como uno pudiera esperar. Lo que sí fue más homogéneo fue el aroma a marihuana que empezó a circular por entonces. Al parecer muchos querían entonarse en condiciones para afrontar la psicodelia del grupo con plenas garantías.

Sin hacerse mucho de rogar, Mastodon salió a escena y sin decir una sola palabra empezaron con el trallazo de Dry Bone Valley, para luego pasar a Black Tongue y Cristal Skull. Diez minutos y tres temas en el concierto y ninguno de ellos se había dirigido al público para nada. Ni siquiera presentaban las canciones. Tampoco hacía falta, allí todo el mundo se las sabía de memoria. La calidad del sonido era bastante buena, con unas guitarras muy potentes que reclamaban toda nuestra atención y una percusión rigurosa. Las voces se perdían a menudo entre tanta distorsión, pero nadie las echó mucho en falta. Mastodon no hacen gala de unos buenos vocalistas y aunque han ido mejorando con los años, no es eso lo que la gente busca cuando va a verlos.

El sonido de Mastodon es una amalgama sludge con aspiraciones progresivas que suele apabullar por su compleja mezcla. Son tan directos como un derechazo a la mandíbula pero lo suficientemente complejos como para confundirte. Por eso lo califico de grupo difícil. Y por eso me sorprende la cantidad de seguidores que consiguen reunir en torno a ellos.

La actuación duró poco más de hora y media, pero resultó agotador. La aprovecharon al máximo, sin dar tregua en ningún momento y sin levantar el pie del acelerador. Solo al final, con la espectacular y extraña Creature Lives, dejaron la omnipresente distorsión un poco al margen. En total, 23 canciones, con hasta 9 de su último disco. El resto se repartió entre los cuatro anteriores, aunque Crack the Skye salió bastante perjudicado con solo un par. Personalmente eché de menos Oblivion y estuve medio concierto esperando a que saliera a escena. Fue una pequeña decepción, pero soportable tomando en cuenta la calidad total del concierto.

A Mastodon se les ha criticado el directo muy duramente. Reconozco que han ido mejorando a lo largo de los años, e instrumentalmente son una pasada sobre el escenario. Las interpretación vocal es otro tema, pero a estas alturas no creo que nadie espere milagros de estos red necks, y mientras Dailor y Sanders copen esa faceta no me preocupan (Hinds es otra historia, no soporto su chillido agónico, parece que está pasando una piedra en los riñones). Volverán a nuestro país en el Sonisphere de este año, pero a las 4 de la tarde bajo un sol de justicia y tragando polvo no es la situación ideal para disfrutarlos. De todas formas este año el festival lo han puesto a finales de mayo, así que puede que nos ahorremos todas esas penurias. También puede que los coloquen más tarde, ya que por calidad lo merecen, aunque muy cargado viene el Sonisphere de este año, con Metallica, Soundgarden, Slayer y un montón de grupos más.

Mastodon ha ido creciendo en mí muy lentamente. En el Monsters of Rock de 2007 no me digné a salir de la caseta de prensa y los escuché desde lejos. Después de este concierto no puedo dejar de escuchar The Hunter. Y pocos grupos consiguen reengancharme después de verlos en directo. Normalmente suelen defraudarme. Mastodon ha conseguido justo lo contrario.

Crónica del festival Madrid is the Dark III (parte 2)

Tras una breve pausa para cenar algo rápido volví a entrar para enfrentarme a los dinosaurios alemanes de Morgoth. Me coloqué a una distancia prudencial esta vez, sobre los escalones del fondo de la sala, ya que de alguna forma me temía lo que podría pasar. Efectivamente, estos death metalheads de la vieja escuela no saben hacerlo suave. Su brutal death metal es un hachazo directo a las cervicales. A 140 decibelios de distorsión extrema, en una sala pequeña, de techo bajo, con esos gigantes alemanes sobre el escenario, los flashes rapidísimos y el vozarrón de ultratumba de Marc Grewe, creí estar ante una visión infernal. Se formó un mosh pit violento en el centro de la sala y todo el mundo empezó a moverse como si estuviera atrapado en un torbellino que los succionara hacia abajo y luego los vomitara con odio. En un momento de locura metal un tipo enorme que rozaría el centenar de kilos traspasó las vallas de protección y se subió al escenario. La verdad es que Marc hizo un buen trabajo, controlando una situación potencialmente peligrosa con mucha profesionalidad y sin parar la actuación en ningún momento. La tralla del concierto fue tan exagerada que me dejaron exhaustos después de tan solo 50 minutos. Verlos en directo es una de esas cosas que hay que hacer al menos una vez en la vida.

Y así, siete horas después de internarnos en la oscuridad de la Penélope, nos dispusimos a darles la bienvenida al plato fuerte de la noche, los legendarios Enslaved. Este grupo seminal de black metal noruego no me había llamado nunca mucho la atención. Hasta que escuché su último disco. Axioma Ethica Odini es uno de los discos de la década, una colección de nueve canciones en la que los noruegos fusionan a la perfección toda la tradición black noruega con sus intereses progresivos y psicodélicos. Es un disco tan profundo que nunca te cansas de escucharlo, con todo tipo de progresiones, interludios melódicos, blastbeats exagerados y psicodelia contemplativa. Imprescindible.

Las expectativas eran estratosféricas. Me coloqué en las primeras filas y preparé la garganta para gritar con todas mis fuerzas. Sonó Axioma a modo de intro y se me erizó el vello de los brazos, previendo lo que iba a pasar a continuación. Salió el gigante de Grutle, el público estalló en vítores y empezó el riff monumental de Ethica Odini, la apertura del disco y una de las mejores canciones de toda la escena black. La complejidad instrumental de la canción es manifiesta, con líneas de guitarra entrecruzándose en el estribillo de una forma enajenante, con las voces limpias del teclista Larsen surcando veloces y el feroz rugido de Grutle acechando como la bestia que es. Y vuelta a la estrofa y ese riff monolítico capaz de derretir montañas. Es una melodía definitiva, explosiva y evocadora al mismo tiempo. Perfecta.

Tras saludar a la gente Grutle empezó a hablar sobre la rueda del tiempo y todos supimos que iban a abordar Raidho. El sonido en las primeras filas no era tan bueno como más atrás, pero todo fuera por ver de cerca de la bestia de Grutle exorcizando demonios de su garganta como si aquello fueran un mero paseo por el parque. Concedieron una buena parte del selist a su vena más progresiva, con canciones como Fussion of Sense and Earth, Ruun y Ground, que dedicaron a todas las féminas congregadas en la sala. Volvieron a su último trabajo para tocar la apisonadora Giants.

Tocaron una selección de lo más granado de su discografía reciente para luego tentarnos preguntando si queríamos algo de “old stuff”. Tras la respuesta entusiasta nos regalaron una versión impresionante de la archiconocida Inmigrant’s Song. Sonó de maravilla, rezumando Enslaved y black metal por todos los poros pero respetando la identidad Zeppelin. Por si alguno se había sentido engañado decidieron dejarnos una perla arqueológica, Allfǫðr Oðinn (Allfather Odin), de su EP debut de 1993 Hordanes Land. Volvieron en los bises para el clásico Isa y se fueron despedidos por un público entusiasta. En su hora y veinte de concierto consiguieron crear una experiencia de éxtasis, esas en las que las ondas sonoras consiguen transportarte a través del espacio y del tiempo, a dimensiones paralelas extrasensoriales donde olvidarte de todo y sumergirte en la miasma primordial de donde procede todo lo que existe.

Volví a casa reventado. Necesitaba recuperarme en un tiempo record para el asalto del día siguiente.

Continuará…

Crónica concierto Amorphis + Leprous

 

El sábado 19 coincidieron dos de las actuaciones más esperadas por cualquier amante del metal. Por un lado tocaban Opeth y Pain of Salvation en la sala Penélope y Amorphis y Leprous en la Sala Arena. Un choque de titanes en toda regla. A pesar que Opeth tenía las de ganar (por prestigio, alcance, calidad, nombre de los teloneros) tenía en contra el recinto, que no podía competir de ninguna manera con la Sala Arena y que equilibraba bastante la balanza. Soy seguidor de Opeth desde hace muchos años y discos como Blackwater Park y Ghost Reveries me parecen obras maestras, sin embargo la perspectiva de pasar otra velada en la sauna en la que sufrí a Symphony X un mes antes no me apetecía mucho. Entre que valoraba los pros y los contras una y otra vez se me pasó el arroz, es decir, se agotaron las entradas y me quedé con un palmo de narices. De todas formas no lo lamenté mucho. Ya no tenía que elegir. Era cuestión de ver el vaso medio lleno.

Llegué un poco apurado de tiempo a la cita, pasadas las siete y media, hora que señalaba la actuación del primer grupo de la noche, los españoles Nahemah. Nada más llegar empezaron la que fue su última canción de la noche. Miré el reloj. Me había pasado solo tres minutos de las siete y media, ¿cómo podía ser que estuvieran ya en la última canción? La respuesta había que encontrarla en los cambios a última hora que suele haber si las salas quieren adelantar sus sesiones de discoteca. En ningún sitio se había avisado de nada, y como yo fueron varios los que se perdieron a Nahemah. A pesar de todo al parecer tocaron unos míseros 20 minutos, así que tampoco nos perdimos mucho por cantidad, sin embargo, por lo que pude entresacar de una sola canción, sí que lo hicimos en cuestiones de calidad. Nota mental: escuchar a Nahemah.

A las ocho los noruegos de Leprous ya estaban sobre el escenario con su novedosa puesta en escena. Los cinco integrantes del grupo iban conjuntados, vestidos con ropas que remarcaban el rojo y el negro, con corbatas, camisas, chalecos y pajaritas. Daban una impresión más indie que otra cosa, pero nada más empezar el concierto Einar Solberg se encargó de disipar dudas. A pesar de tener la responsabilidad de los teclados, el cantante del grupo y sus rastas rubias se echaron a la espalda además la tarea de animar al público, haciendo el headbanging más salvaje que haya visto sobre un escenario. El tío agitaba la cabeza con tanta fuerza que creía que se iba a abrir la frente contra los teclados en cualquier momento. Se inclinaba tanto a la hora de bajar que ponía la cabeza entre las rodillas. A toda velocidad. Mientras tocaba los teclados, sin saltarse una nota. Una locura.

Leprous hace progresivo, pero sus temas más cañeros tienen tanta fuerza, son tan directos, que en muchas ocasiones aquello parece industrial. Los tíos son bastante capaces en sus tareas pero no subrogan la canción a su virtuosismo como hacen muchos en la escuela Dream Theater. Para Leprous lo importante es la creación de atmósferas, las emociones, lo que vertebra una canción. Se comportan como un todo, muchas veces acercándose al Wall of Sound para provocar una experiencia conjunta, única, ya sea calmada y contemplativa como en Mb. Indifferentia o la implosión cósmica de Waste of Air. Este tema de cinco minutos fue el súmmum. No tengo otra manera de describirlo. Me acordé de los momentos más bestiales de Mogwai, esa enajenación que te absorbe por completo y te funde los plomos del cortex cerebral, subiendo el input eléctrico de tus conexiones neuronales al standard de Nikola Tesla. Terminaron con Forced Entry, tema de diez minutos que resume a la perfección su último disco, el tercero de su carrera y que nos presentaron con orgullo en aquellos 40 minutos que se hicieron escasos. Cuando unos teloneros consiguen que no quieras ya ver al grupo principal si eso significara seguir con ellos es que lo han hecho de puta madre.

Pese a que nos habían metido mucha prisa, Amorphis se tomó sus buenos tres cuartos de hora antes de salir. A excepción de un pie de micrófono muy pintoresco, con válvulas, muelles y óxido incluidos, los fineses no utilizaron ninguna parafernalia. Sonó la melodía de Battle For Light a modo de intro orquestal y fueron saliendo para dar rienda suelta al Song of the Sage.

El nuevo disco de Amorphis, décimo en su dilatada carrera, adolece de una crisis de identidad. No hay absolutamente nada que no hayan hecho antes y mejor. Con Skyforger cerraron una etapa, llegando a la cumbre de la “trilogía Joutsen”. Al año siguiente sacaron una recopilación de temas de sus primeros discos, su etapa death, y los regrabaron con Joutsen. Y este año han sacado este The Beginning of Times que es una especie de mezcla de todo lo que han hecho hasta ahora: melodías pegadizas con una base de piano, riffs épicos, voces limpias y death growls. El problema es que ninguna melodía es muy pegadiza, ningún riff muy épico y Joutsen, siendo tan bueno como es, tampoco puede hacer milagros. Y en este tour han hecho lo mismo, tirando por la calle del medio con un setlist anodino y poco acertado, con un gran énfasis en el recopilatorio.

Los fineses estuvieron correctos, pero si no llega a ser por Joutsen hubieran fallado miserablemente. Esa Holopainen es uno de los guitarristas más sosos que haya visto nunca. El tío ni siquiera movía la cabeza y se pasaba la mayor parte del tiempo de lado, pasando del público, como si no estuviera allí. Cuando hicieron la cover del infame “Pussy” de Rammstein (el tema más asqueroso de un grupo sobrevalorado) a modo de intro no me lo podía creer. No podía entender como eran capaces de no tocar ni una sola canción del maravilloso Silent Waters y dedicarle un minuto a una de un grupo claramente inferior.

Tras doce canciones se fueron y volvieron para los tradicionales bises. Sonó la intro de Skyforger y me emocioné recordando la gran canción que es pero sabiendo de antemano que iban a tirar por el single de Silver Bride, una canción que considero la hermana menor de Skyforger, aunque muy buena. Siguieron con My Kantele, en la que Esa tuvo a disposición durante unos segundos un kantele eléctrico, algo que se quedó más en una curiosidad que en otra cosa dado el poco uso que le dio. Dieron por finalizado el concierto con House of Sleep, un temazo indiscutible del primer trabajo tras el renacimiento de Amorphis y el advenimiento de Joutsen.

Los fineses no habían llegado a la hora y media en total y se habían dejado muchas canciones en el tintero. Es una opinión muy personal, pero reconozco que el setlist me dejó  algo frío. Pero aun así fue una gran noche por varias razones. Una sala impresionante, con un gran ambiente y nada de agobios. Unos teloneros mayúsculos. Un tío con rastas por las rodillas que a la hora de hacer el molinillo creaba unas aspas asesinas de dos metros de diámetro. Descomunal Joutsen.

Crónica del concierto de Ulver

El viernes 18 de noviembre cayó sobre Madrid una tromba que en muy pocos minutos consiguió hacer estragos en el defectuoso alcantarillado de la Complutense. Respondiendo a una llamada de emergencia me vi sumergido hasta los tobillos en agua negra, achicando con todas mis fuerzas para salvar a un ciclotrón nuclear de una muerte segura y a una empresa familiar de la ruina. Tras dos horas de considerable esfuerzo y contar con refuerzos improvisados de amplia generosidad la situación se controló y pude dirigirme a la sala Caracol a disfrutar del concierto de los noruegos.

Las puertas abrían a las nueve pero no llegué hasta cuarenta y cinco minutos más tarde, con un par de lagos en mis zapatos y temiendo haberme perdido la actuación de los teloneros. No lo hice. Por una razón muy sencilla. No hubo teloneros. Era solo Ulver. Uno podía estimar que siendo así y habiendo pagado 28 euros por la entrada era de esperar un concierto bastante largo, de unas dos horas. Teniendo en cuenta que la banda no había girado en más de una década había gente que tenía esa esperanza. Tan vana como que tocaran el Nattens Madrigal. Allí cada uno se engañaba con lo que quería

Poco más tarde de las diez se abrió el telón y aparecieron sobre el escenario en la distribución más extraña que haya visto. El batería estaba escondido a la derecha, completamente de lado. Los otros tres miembros de la banda estaban dispuestos de tal manera que formaban un triángulo, cada uno en su estación de sonido. El “nuevo” Daniel O’Sullivan apareció de pie con el bajo, con una guitarra a un lado, un teclado enfrente y un portátil para samples. Tore Ylwizaker controlaba dos teclados a la vez y un portátil. Garm apareció con un micrófono, un ordenador para samples y un par de auriculares diferentes. Detrás de todos una chica y un chico estaban sobre una mesa con sendos ordenadores. En total acerté a ver cinco portátiles sobre el escenario. Todo un record.

Dieron el pistoletazo de salida con February MMX sin decir una palabra y continuaron con la siniestra Norwegian Gothic, England y September IV. Al fondo iban proyectando imágenes psicodélicas que se iban volviendo cada vez más y más extrañas. El cúlmen llegó con For the Love of God, en la que mezclaron imágenes de Crucificados con porno explícito de los años treinta, bombas nucleares, vacas siendo ordeñadas por máquinas, gente cortándole la lengua a una persona… Una experiencia indescriptible.

Tras ocho canciones y cincuenta minutos se fueron, dejando a muchos de piedra. Los habituales silbidos los trajeron de vuelta para tocar la mencionada For the Love of God y el que seguramente fue el momento de la noche, Little Blue Bird y Rock Massif, con una orquestación monumental que te sobrecogía entero. Tras una cover de un grupo de los 60 llamado The Troggs Garm anunció que ya había llegado su hora de dormir. Y se fueron. La gente volvió a silbar muchísimo y los tíos se dignaron a salir para obsequiarnos la onírica Eos, de su anterior trabajo Shadows of the Sun. Es una canción tan tranquila que se podría denominar Chill-out. Una nana perfecta para irse a dormir, ¿eh Garm?

Y eso fue todo. En total 80 minutos de música rara y trece canciones. A cambio de 28 euros. El nivel de calidad fue bastante alto por ese precio o te traes a unos buenos teloneros o te estiras y tocas un par de horas. No hicieron ninguna de las dos cosas y para mí es imposible estar satisfecho con su actuación. Eran la primera vez que tocaban en España y a Ulver hay que verlos aunque sea una vez en la vida. Pero eso, una vez y no más.

A la salida pillé por banda a Daniel O’Sullivan y le hice saber mi enfado. El tío me respondió que normalmente solo tocaban 50 minutos y ya, así que me debía sentir afortunado.

Son buenos, pero tienen unos cojones tan grandes que seguramente tienen que llevar un autobús adicional para transportarlos.

Crónica del concierto Orphaned Land + Arkan + Myrath

El día 13 de noviembre desembarcó en Madrid el autodenominado Oriental Metal Tour con la banda creadora del apócrifo subgénero y dos de sus más aplicados discípulos. Para ello eligieron la Sala Ramdall, lugar de infame memoria desde que acudí con toda la ilusión del mundo a ver el concierto de Katatonia en marzo de 2010. El lugar en cuestión es una discoteca que no está en absoluto acondicionada para eventos de este tipo: techo plano a tres metros, acústica horrible, un chiste de escenario a treinta centímetros del suelo y poco aforo.

De todas formas formas a las siete y media se subieron los componentes de Artweg, un grupo de hardcore francés que no tenía absolutamente nada en común con los demás grupos. Apoyado en la pared de atrás del todo aguanté los veinte minutos de una actuación inmunda que me niego a detallar aquí.

A las ocho sin embargo las cosas dieron un vuelco total con la entrada de Myrath, un grupo progresivo de Túnez con unas influencias árabes más que evidentes. Ya desde la primera canción demostraron su buen hacer, su profesionalidad y el gran atractivo de Zaher Zorgati, el cantante con alma de estrella. Tocaron muchas de las canciones de su último disco, Tales of the Sands, y con ellos nos internamos en una tormenta de arena mística para salir en un mundo de fantasía con interminables desiertos, palacios majestuosos, batallas épicas, jardines colgantes, bellas princesas, djinns y duelos con cimitarras al alba. No se me ocurre mejor forma de describir a este grupo que “Prince of Persia Metal”.

Su actuación fue sobresaliente. La importancia de los teclados es esencial y gracias a Elyes Bouchoucha este aspecto quedó tan bien como en el estudio. Cada capa de sonido, cada línea de guitarra, cada timbre exótico se percibía con total claridad. Y luego está Zaher, que con su enorme voz y su desparpajo consiguió ganarse a la audiencia, un poco reacia a dejarse cautivar por un “moro”. Fue el primer concierto de metal en que he visto al público gritando enfervorizada “guapo, guapo” al cantante y este dejarse querer, sonriendo a todo el mundo sin parar.

Tras 45 minutos mágicos se bajaron para dejar paso a Arkan, una banda francesa que hunde sus raíces en el Magreb africano. Su death metal abrasivo con influencias orientales se apoya en los bramidos de Florent Jannier  y la belleza de Sarah Laysacc, una preciosa chica capaz de aportar ese toque exótico y delicado al grupo. Me sorprendí al verla subir al escenario con el grupo, ataviada con un vestido tradicional, blanco y lleno de filigranas. Distribuyeron su repertorio con sus dos discos hasta el momento, Hilal y Salam. Triunfaron claramente al dar vida a su propuesta, fusionando el metal extremo con la exótica tradición árabe en una conjunción rompedora. No podía salir de mi asombro cuando Sarah nos llamó a bailar por la paz y tanto ella sobre el escenario como la audiencia en la pista, todos, nos lanzamos a hacerlo. Bailar. En un concierto de death metal. Digno de verse.

No llegaron a los tres cuartos de hora cuando dieron por terminada su actuación y dejaron paso a Orphaned Land. Los israelíes subieron a las diez puntuales, ante una expectación enorme generada por las doscientas personas que estaríamos allí.  Basándose en sus dos obras maestras más recientes, Mabool y The NeverEnding Way of ORwarriOR, ofrecieron un concierto de hora y media en la demostraron que en lo suyo son los mejores. De todas formas cometieron un fallo garrafal, y fue el sonido que quisieron imprimir al concierto, sin tener en cuenta las características de la sala, un sonido que había estado muy aceptable a pesar de todo durante las actuaciones de Myrath y Arkan. El ingeniero subió el volumen de todo de forma considerable, supongo para resaltar a Orphaned Land como cabeza de cartel, y lo que provocó fue que las vibraciones rebotaran en ese techo bajo y plano y llegaran distorsionadas y a un nivel en el límite de lo soportable. Una cagada en toda regla.

Empezaron el concierto con temas bastante duros como Halo Dies (The Wrath of God) o Barakah, donde Kobi Fahri resaltó su faceta más brutal. La visión era digna de enmarcar. Un tío con pintas de Jesucristo ataviado con una túnica blanca como en el siglo I, un rosario islámico al cuello, idénticas pelambreras y unas sandalias en los pies rugiendo como un demonio la sagrada Ira de Dios. Éxtasis místico asegurado.

Tras su single Sapari se metieron en la parte central del concierto, reservada para sus temas más progresivos como From Broken Vessels, The Path (Part 1) y The Warrior. Me quedé encandilado con la maestría y el virtuosismo de Yossi Sassi, un guitarrista experto en solos llenos de profundidad y emoción. Tras In Thy Neverending Way (Epilogue) se retiraron para volver para un encore tranquilo, con su gran balada The Beloved’s Cry y el gran solo de The Storm Still Rages Inside. Para despedirse definitivamente buscaron la colaboración del público para cantar Norra el Norra. Kobi nos lo indicó y todos cantamos con él. En hebreo. Y en árabe.

Nora El Nora, ne’ezar begvura shuvi elay malki
Dodi refa, nafshi nichsefa, lebeitach malchi
Nora El Nora, ne’ezar begvura

Salí reventado tras cuatro horas de música pero contento de haber asistido a semejante espectáculo. Muy de vez en cuando se tiene la posibilidad de ver en la misma noche a tres bandas de semejante calibre. La pena fue el lugar elegido. A ver si este Oriental Metal Tour se instaura en tradición y el año que viene vuelven a recorrer Europa expandiendo el mensaje de paz que proclama Kobi “Judíos, musulmanes y cristianos en el mismo autobús, compartiendo el pan y la música durante un mes. Todos somos una familia. Todos somos uno”.

Vayamos juntos a la Tierra Prometida, a traer nuestra paz a la tierra de la guerra interminable, a la tierra que mana leche y miel. La Tierra Huérfana.

We are the Terrorists of Light.