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El tercer disco de estudio de Alcest salió a la venta este febrero con unas dosis de expectación pocas veces vistas en en el mundo del black metal. Por definición, el black metal no es un género de masas, sino que más bien se ciñe a un entorno underground de seguidores acérrimos, capaces de defender con su sangre la honestidad y valía suprema del mismo. Es un medio exageradamente conservador, donde por principio se desconfía de todo lo que no contenga los ingredientes marca de la casa:blast-beats, distorsión extrema, riffs afilados como cuchillas y voces agónicas ininteligibles, preferiblemente en una lengua incompresible de raíz escandinava.

Alcest superó casi desde el primer momento esa visión limitada para abrazar un sonido mucho más ecléctico, fusionando con valentía a tribus urbanas aparentemente opuestas. Y visto el éxito arrollador que ha tenido Neige, girando por todo el mundo sin parar, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ha triunfado en su empeño. Sus conciertos son una amalgama extraña en la que se mezclan indies y alternativos, atraídos por el post-rock y el shoegaze, y heavies de pro, en busca de su dosis de riffs, blast-beats y voces agónicas. Y todos salen satisfechos.

A pesar de la naturaleza extrema que se puede encontrar en la raíz de Alcest, Neige compone una música muy accesible. Esto se debe por entero a la intención contemplativa con la que el músico francés dota a sus composiciones, buscando iniciarnos en un maravilloso viaje por paisajes de ensueño. Una realidad paralela llena de magia primordial y misterios entrañables. ¿A quién no le atrae semejante planteamiento? Para disfrutar de Alcest tan solo se necesita una mente abierta y compartir su visión escapista. El resto viene a continuación. La distorsión, las voces black, la percursión acelerada. Todo, tarde o temprano, hace click y cumple su función en ese gran panorama onírico. Porque la música de Neige tiene mucho que ver con las artes plásticas.

Veo a Alcest como el heredero y el último eslabón de una tradición musical impresionista. Es el Debussy del siglo XXI, pintando claros de luna con distorsión y electricidad. Los medios cambian pero la intención y el fin son los mismos: adentrarse en las profundidades de nuestra imaginación y sembrar visiones de luz. Luz apacible, luz violenta. Luz cálida, luz fría. Luz interna, luz externa. Luz llena de contenido. Luz repleta de pasión. Luz mágica. Luz.

Les Voyages De L’Âme. Los viajes del alma. Las travesías que nuestro espíritu acomete una vez nuestro cuerpo cae rendido al sueño. Los viaje astrales en los que trascendemos la realidad inmanente que nos sofoca y nos ahoga en el día a día. Los viajes al pasado, al sagrado mundo de nuestra primera infancia, al mundo que dejamos atrás al perder la inocencia y al que jamás volveremos de otra forma. Los viajes al caleidoscopio primigenio, la paleta de colores en la sumergimos nuestros corazones y pintamos en el firmamento infinito nuestra verdadera patria. Somos creadores de mundos. Feudos en los que reconocemos las facciones de nuestro hogar, nuestra esencia viva, las escamas de la luna sobre un lago a medianoche.
9/10

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Anathema es uno de sus grupos que han conseguido convertirme en fan incondicional por las emociones que su música me llega a provocar. Su noveno trabajo de estudio, Weather Systems, es ante todo un disco emocional, y eso, a pesar de una primera impresión algo floja por la sencillez compositiva de la que hace gala, ha conseguido hacerse un hueco entre uno de mis discos favoritos del año y encaramarse a trilogía beatífica que se inició con A Natural Disaster y continuó con We’re Here Because We’re Here.

El LP empieza directamente con el mejor corte de todo el disco. Anathema no se ha reservado nada, y expone su mejor tema al principio. Un acorde repetitivo, sucesiva incoporación instrumental de manera progresiva, armonías vocales de ensueño y unas letras exquisitas en su sencillez aparente. Untouchable es una clara muestra de lo que este disco nos ofrece: tranquilidad, belleza, paz y candor. Los hermanos Cavanagh y los hermanos Douglas han colocado, en un movimiento no exento de riesgos, las dos partes de su tema estrella de forma sucesiva. El efecto es inmediato. Aunque la primera parte cuenta con más fuerza intrínseca, la segunda le sigue a la perfección con un acercamiento más introspectivo.

Las siguientes cuatro canciones componen el meollo del disco, esos sistemas meteorológicos con diferentes estados de ánimo. Así The Gathering of the Clouds nos pone en tensión y nos prepara para la inminente tormenta. Lightning Song es toda una sorpresa, con la suave voz de Lee Douglas comandando el tono prístino de la canción. La letras puede parecer ingenua, pero es sin duda una de las canciones más optimistas que haya escuchado nunca, y ya solo por eso se merece una mensión especial. Sunlight cuenta con una percusión más poderosa, pero no es hasta The Storm Before the Calm cuando realmente tenemos algo de rock consistente por estos británicos, otrora estandartes del death/doom más extremo. El drone y el noise se mezclan a la perfección en la primera mitad de este gigante de más de 9 minutos, creando una atmófera de tensión, violencia y desorientación. Y tras la tormenta, la calma, con las preciosas armonías liberadoras de Vinnie y Lee. Las tres últimas canciones del disco son mucho más lentas e intimistas, sobrevolando sentimientos profundos que van desde la melancolía a la paz interior

El sonido del disco basa toda su fuerza en la creación de atmósferas que, en una progresión in crescendo, llegan a explotar en un clímax de auténtica plenitud musical. Desde un punto de vista compositivo todo es muy sencillo, haciendo gala de un sonido uniforme, repitiendo muchas notas y acordes a lo largo de los diferentes cortes. Las melodías de cuerda subrayan el sonido intimista que el grupo ha querido imprimir en este disco. No hay nada que distraiga del objetivo último, un viaje por nuestras emociones más profundas e íntimas. Es muy fácil desdeñar este disco como una producción sensiblera y un punto perezosa, pero sería un grave error. Debajo de Weather Systems hay un sonido genuino, profundo y conmovedor. Decenas de escuchas después las melodías siguen teniendo el mismo efecto mágico de la primera vez.

9/10

El próximo 20 de febrero Pain of Salvation pasarán por la capital de España para presentar su último trabajo, el doble Road Salt. Los suecos ya vinieron el pasado mes de noviembre de la mano de Opeth, en un show que entró en los anales de la infamia de la Sala Penélope. Esta vez el concierto será en la sala Caracol y seguramente la gente podrá disfrutarlos sin el sofoco que supuso su anterior incursión. Pain of Salvation sufrió unos cambios dramáticos tras aquel tour con Opeth, con la marcha de los integrantes Johan Hallgren y Fredrik Hermansson, pero debemos recordar que ante todo la banda es la criatura de Daniel Gildenlöw, y en él residen las esperanzas de todos los fans.

Tras abandonar el progresivo con la dupla Road Salt y abrazar el sonido más blues rock podemos asegurar que la arriesgada propuesta de Daniel ha sido todo un éxito. Los dos álbumes hermanos han conseguido encaramarse a la lista de los favoritos por la crítica de muchas revistas especializadas. El sonido es producto de la inspiración única que se puede sacar tras interminables jam sessions. Es un rock directo, sincero, lleno de sentimientos, sin artificios (algo que la banda acusaba en el pasado, con algunos temas excesivos por presuntuosos) y muy interesante.

La instrumentación es magnífica, y consigue trasladar al oyente a la intimidad de una sala de ensayo. Los 24 temas parecen haber sido compuestos para ser disfrutados en directo. El lunes 20 de febrero veremos si consiguen llegarnos tan hondo como lo hicieron en disco.

Crónica concierto Amorphis + Leprous

 

El sábado 19 coincidieron dos de las actuaciones más esperadas por cualquier amante del metal. Por un lado tocaban Opeth y Pain of Salvation en la sala Penélope y Amorphis y Leprous en la Sala Arena. Un choque de titanes en toda regla. A pesar que Opeth tenía las de ganar (por prestigio, alcance, calidad, nombre de los teloneros) tenía en contra el recinto, que no podía competir de ninguna manera con la Sala Arena y que equilibraba bastante la balanza. Soy seguidor de Opeth desde hace muchos años y discos como Blackwater Park y Ghost Reveries me parecen obras maestras, sin embargo la perspectiva de pasar otra velada en la sauna en la que sufrí a Symphony X un mes antes no me apetecía mucho. Entre que valoraba los pros y los contras una y otra vez se me pasó el arroz, es decir, se agotaron las entradas y me quedé con un palmo de narices. De todas formas no lo lamenté mucho. Ya no tenía que elegir. Era cuestión de ver el vaso medio lleno.

Llegué un poco apurado de tiempo a la cita, pasadas las siete y media, hora que señalaba la actuación del primer grupo de la noche, los españoles Nahemah. Nada más llegar empezaron la que fue su última canción de la noche. Miré el reloj. Me había pasado solo tres minutos de las siete y media, ¿cómo podía ser que estuvieran ya en la última canción? La respuesta había que encontrarla en los cambios a última hora que suele haber si las salas quieren adelantar sus sesiones de discoteca. En ningún sitio se había avisado de nada, y como yo fueron varios los que se perdieron a Nahemah. A pesar de todo al parecer tocaron unos míseros 20 minutos, así que tampoco nos perdimos mucho por cantidad, sin embargo, por lo que pude entresacar de una sola canción, sí que lo hicimos en cuestiones de calidad. Nota mental: escuchar a Nahemah.

A las ocho los noruegos de Leprous ya estaban sobre el escenario con su novedosa puesta en escena. Los cinco integrantes del grupo iban conjuntados, vestidos con ropas que remarcaban el rojo y el negro, con corbatas, camisas, chalecos y pajaritas. Daban una impresión más indie que otra cosa, pero nada más empezar el concierto Einar Solberg se encargó de disipar dudas. A pesar de tener la responsabilidad de los teclados, el cantante del grupo y sus rastas rubias se echaron a la espalda además la tarea de animar al público, haciendo el headbanging más salvaje que haya visto sobre un escenario. El tío agitaba la cabeza con tanta fuerza que creía que se iba a abrir la frente contra los teclados en cualquier momento. Se inclinaba tanto a la hora de bajar que ponía la cabeza entre las rodillas. A toda velocidad. Mientras tocaba los teclados, sin saltarse una nota. Una locura.

Leprous hace progresivo, pero sus temas más cañeros tienen tanta fuerza, son tan directos, que en muchas ocasiones aquello parece industrial. Los tíos son bastante capaces en sus tareas pero no subrogan la canción a su virtuosismo como hacen muchos en la escuela Dream Theater. Para Leprous lo importante es la creación de atmósferas, las emociones, lo que vertebra una canción. Se comportan como un todo, muchas veces acercándose al Wall of Sound para provocar una experiencia conjunta, única, ya sea calmada y contemplativa como en Mb. Indifferentia o la implosión cósmica de Waste of Air. Este tema de cinco minutos fue el súmmum. No tengo otra manera de describirlo. Me acordé de los momentos más bestiales de Mogwai, esa enajenación que te absorbe por completo y te funde los plomos del cortex cerebral, subiendo el input eléctrico de tus conexiones neuronales al standard de Nikola Tesla. Terminaron con Forced Entry, tema de diez minutos que resume a la perfección su último disco, el tercero de su carrera y que nos presentaron con orgullo en aquellos 40 minutos que se hicieron escasos. Cuando unos teloneros consiguen que no quieras ya ver al grupo principal si eso significara seguir con ellos es que lo han hecho de puta madre.

Pese a que nos habían metido mucha prisa, Amorphis se tomó sus buenos tres cuartos de hora antes de salir. A excepción de un pie de micrófono muy pintoresco, con válvulas, muelles y óxido incluidos, los fineses no utilizaron ninguna parafernalia. Sonó la melodía de Battle For Light a modo de intro orquestal y fueron saliendo para dar rienda suelta al Song of the Sage.

El nuevo disco de Amorphis, décimo en su dilatada carrera, adolece de una crisis de identidad. No hay absolutamente nada que no hayan hecho antes y mejor. Con Skyforger cerraron una etapa, llegando a la cumbre de la “trilogía Joutsen”. Al año siguiente sacaron una recopilación de temas de sus primeros discos, su etapa death, y los regrabaron con Joutsen. Y este año han sacado este The Beginning of Times que es una especie de mezcla de todo lo que han hecho hasta ahora: melodías pegadizas con una base de piano, riffs épicos, voces limpias y death growls. El problema es que ninguna melodía es muy pegadiza, ningún riff muy épico y Joutsen, siendo tan bueno como es, tampoco puede hacer milagros. Y en este tour han hecho lo mismo, tirando por la calle del medio con un setlist anodino y poco acertado, con un gran énfasis en el recopilatorio.

Los fineses estuvieron correctos, pero si no llega a ser por Joutsen hubieran fallado miserablemente. Esa Holopainen es uno de los guitarristas más sosos que haya visto nunca. El tío ni siquiera movía la cabeza y se pasaba la mayor parte del tiempo de lado, pasando del público, como si no estuviera allí. Cuando hicieron la cover del infame “Pussy” de Rammstein (el tema más asqueroso de un grupo sobrevalorado) a modo de intro no me lo podía creer. No podía entender como eran capaces de no tocar ni una sola canción del maravilloso Silent Waters y dedicarle un minuto a una de un grupo claramente inferior.

Tras doce canciones se fueron y volvieron para los tradicionales bises. Sonó la intro de Skyforger y me emocioné recordando la gran canción que es pero sabiendo de antemano que iban a tirar por el single de Silver Bride, una canción que considero la hermana menor de Skyforger, aunque muy buena. Siguieron con My Kantele, en la que Esa tuvo a disposición durante unos segundos un kantele eléctrico, algo que se quedó más en una curiosidad que en otra cosa dado el poco uso que le dio. Dieron por finalizado el concierto con House of Sleep, un temazo indiscutible del primer trabajo tras el renacimiento de Amorphis y el advenimiento de Joutsen.

Los fineses no habían llegado a la hora y media en total y se habían dejado muchas canciones en el tintero. Es una opinión muy personal, pero reconozco que el setlist me dejó  algo frío. Pero aun así fue una gran noche por varias razones. Una sala impresionante, con un gran ambiente y nada de agobios. Unos teloneros mayúsculos. Un tío con rastas por las rodillas que a la hora de hacer el molinillo creaba unas aspas asesinas de dos metros de diámetro. Descomunal Joutsen.

Crónica del concierto de Mogwai – Palacio Vistalegre

Acudí por primera vez al Palacio de Vistalegre con la idea de asistir a un concierto de un grupo no metal por primera vez en años. Tenía mucha curiosidad por ver qué tipo de gente me iba a encontrar ahí y cómo reaccionaría a la música en directo, lejos de los ejércitos de pelos largos, cuernos arriba y vigorosos meneos de cabeza.

Gruff Rhys, líder de Super Furry Animals, nos dio la bienvenida como telonero a las ocho y media, treinta minutos después de que se abrieran las puertas. La Sala San Miguel es un recinto bastante amplio con una acústica ejemplar, pero todavía no se había llenado ni la mitad cuando el galés apareció en escena con sus mil y un cacharros. Describir la música de Rhys es complicado. Es un hombre orquesta con una idea musical muy vanguardista basada en la progresión de instrumentos, una adición constante de diferentes pistas con las que va construyendo su paisaje sonoro. Ayudándose de varios aparatos analógicos va construyendo bucles de sonido que se perciben muy disonantes al principio pero que van configurándose en algo más sólido con el tiempo. Sonidos de pájaros, percusión a base de baquetas electrónicas, un metrónomo, una guitarra acústica ataviada para que pareciera eléctrica, una armónica, una especie de silbato de plástico… Por el escenario de la San Miguel desfiló de todo en tan solo media hora de interpretación.  Curioso e interesante, pero con media hora la sala entera pareció darse por satisfecha. Allí habíamos ido a ver a cinco gremlins escoceses.

Tras cuarenta minutos de preparaciones que se pasaron volando por la agradable compañía de la sala, saltaron a escena aquellos a los que estamos esperando con ansia y empezaron a sonar de forma suave los primeros acordes de White Noise, el tema que abre su último disco, Hardcore Will Never Die, But Your Will, y cuya crítica se puede encontrar en este mismo blog. La primera sorpresa fue la aparición de Luke Sutherland, con su tez negra y su violín afilado. La segunda, y más apabullante, fue encontrarme con una banda más heavy que muchas bandas de metal extremo.

El post-rock que practica Mogwai, todo instrumental y sin letras en las que fijar la atención, puede parecer en disco como una experiencia contenida, contemplativa y casi intelectual. En directo es otra historia completamente diferente. La música de Mogwai es electricidad pura recorriendo cada nervio de tu cuerpo a la velocidad de la luz, liberando endorfinas en cada músculo y enviando un chute de serotonina al cerebro tan fuerte que uno pierde el contacto con la realidad. Ya puede ser en las melodías trance de Death Rays o en los sangrantes riffs de Rano Pano, gracias a un volumen llevado al límite, perfecto en su equilibrio, Mogwai absorbe toda tu atención. No hay público, no hay sala, no hay banda, no hay Tierra. Solo hay música, ondas sonoras que golpean tu pecho, vibraciones que sacuden tu piel y destellos de luz espaciales que te acompañan en este viaje astral. Escuchar a Mogwai en directo es surcar el universo rompiendo las leyes de la relatividad en una crisálida de mercurio líquido, admirando el paso de planetas repletos de vida, rozando supernovas y adentrándose en colosales agujeros negros, soportando la presión infinita de la antimateria hasta salir seguro al otro lado del portal interdimensional.

Mogwai es vida, pura emoción, un abanico completo que va desde la paz más susurrante hasta la violencia más acusada, como en la inconmensurable Mogwai Fear Satan, que había conseguido sumirme en un estado de ataraxia perfecto en el que me mecía al son de las olas de un mar en calma para arrojarme sin aviso al epicentro de una tormenta solar. Ni que decir tiene que casi se me sale el corazón por la boca. Sin duda, un momento impagable.

No era metal, pero el espíritu del headbanging se apoderó de mí. Era superior a mis fuerzas y no quise resistirme a su posesión. Batcat y You’re Lionel Ritchie (en su monolítico riff central) sonaron especialmente desgarradoras. Violencia extrema que Nile o Cannibal Corpse son totalmente incapaces de alcanzar.

Una cosa que me llamó poderosamente la atención es la maestría instrumental que poseen todos los miembros del grupo. En cada canción se iban intercambiando los instrumentos de forma que parecía aleatoria. Toma tú mi guitarra, cojo tu bajo, me pongo a los teclados, me pego a la batería y ayudo en la percusión, etc. Nunca he visto nada igual. Se notaba que estaban en su salsa, en su territorio, su dominio.

Tras hora y cuarto que se pasó sin mirar una sola vez el reloj salieron del escenario. Volvieron para unos bises y fueron desapareciendo poco a poco, de uno en uno, dejando sus guitarras sobre el escenario, acoplándolas con los amplificadores para crear una distorsión mastodóntica. Era el sonido de un reactor espacial surcando el firmamento, y de fondo ultrasonidos de cetáceos cósmicos. Textura musical en estado puro. Y tras diez míticos minutos… OFF.

El vacío sideral.

Hace 3500 años Josué derribó las murallas de Jericó con la ayuda del Arca de la Alianza y las trompetas de las doce tribus de Israel, dando vueltas a la protociudad neolítica durante siete días. Aquella noche, Mogwai derribó nuestras murallas en poco más de hora y media. Y entendimos. Post-rock. Mogwai. Música primordial entre las hélices de nuestro ADN.

Crónica concierto DGM + Pagan’s Mind + Symphony X

La cita era a las siete de la tarde en la Sala Penélope de Madrid. Llegué puntual tras pasarme el día haciendo recados por todo Madrid y con bastantes kilómetros en mis cansadas piernas. Los responsables del recinto no se decidieron a abrir las puertas hasta un cuarto de hora más tarde y la cola de heavies progresivos llegaba hasta el final de la manzana. De todas formas a las siete y media los italianos DGM saltaron al escenario para dar comienzo a la fiesta del Prog Power. Y lo hicieron a un volumen altísimo.

He ido ya a unos cuantos conciertos de metal. Conciertos de todo tipo, de progresivo, power, gótico, death, doom, heavy clásico, black, industrial, post e incluso una locura drone/doom de Esoteric, el hasta ahora concierto más extenuante al que jamás haya ido. Sin embargo DGM saltó al número uno desde el primer minuto con su horrible sonido. Intentar ser más heavy que nadie subiendo el volumen más allá del umbral del dolor es lo más estúpido que puedes hacer. Pero allí estaban estos tíos, pasando de los 130 decibelios, con una batería machacona, una guitarra atronadora y un tipo que estaba haciendo algo extraño con unos teclados pero que desde luego no producía ni un sonido. La media hora que estuvieron sobre el escenario se hizo muy larga. La gente de las primeras filas se fabricaba tapones con lo que tenía a mano: papel higiénico de los baños, auriculares con cancelación de sonido, las manos… Ante situaciones así lo normal es echarle la culpa a la acústica de la sala, y muchos parroquianos lo hicieron. Si bien el sitio no es la mejor opción en la capital, el año pasado disfruté de un señor concierto de Anathema en el mismo sitio, con un sonido prodigioso durante 3 horas y media. La culpa se la echo a los propios DGM, que parece que no suelen salir mucho a la carretera, y claro, su falta de experiencia se nota mucho.

El relevo se produjo a la media hora y los noruegos Pagan’s Mind se prepararon en un tiempo record para ofrecer 45 minutos de su música. El sonido continuó siendo alto, pero esta vez todo era mucho más claro. No lo pude disfrutar tanto por lo mal que me habían dejado los italianos y porque el cantante, Nils K. Rue, es uno de esos sobreabundantes cantantes de power metal que basan toda su función en pegar chillidos agudos y mantenerlos el mayor tiempo posible. Sin embargo, las líneas de guitarra eran muy buenas, con un toque muy melódico apoyadas en unos teclados (que esta vez sí se percibían) efectivos a la hora de crear diferentes atmósferas y pasajes típicos del space rock. El gran momento de su actuación cuando acometieron God’s Equation, de su disco homónimo, una pieza de ocho minutos con mucha fuerza.

Cuando los noruegos terminaron, la tripulación de la gira empezó a retirar los instrumentos y se descubrió que el escenario era bastante más grande de lo que parecía. Como suele ser habitual los instrumentos de los cabezas de cartel habían estado presentes durante todo el concierto, limitando mucho las posibilidades de moverse de los teloneros. No nos hicieron esperar mucho sin embargo. Poco más tarde de las nueve y media la fantástica intro orquestal de Iconoclast empezaba a sonar con unas luces azules que iban poniendo el sabor de ciencia ficción en la sala. Michael Romeo empezó a tocar el riff inicial y ya toda la sala se vino hacia el escenario. Tras unos minutos de virtuosismo guitarrista salió el gran Russell Allen a escena, copando la atención de todo el público con sus casi dos metros de altura. La audiencia estalló en clamores y cuando llegó el estribillo lo corearon, metiéndose en el papel de una resistencia humana contra el dominio de las máquinas. Allen era el perfecto maestro de ceremonias, comandando las legiones de fans en sus cánticos castrenses con el ultra simple “We are strong, we will stand and fight”. Empezar un concierto con una canción de once minutos es atrevido, pero los americanos no lo tuvieron en cuenta y siguieron con The End of Innocence sin apenas respirar.

A pesar del hecho que el nuevo disco lleva solo cuatro meses en circulación los allí congregados se sabían las letras de memoria y coreaban cada uno de los estribillos con mucho fuerza. Russell Allen se ganó la simpatía del público con su gran carisma y su sincero intento por encadenar palabras en español. Una a una fueron desfilando las canciones de Iconoclast, con una caña increíble más propia del power que del progresivo. El volumen seguía alto, pero la mezcla del ingeniero de sonido era tan buena que se podían percibir cada uno de los instrumentos con absoluta claridad. Russell tiene una voz prodigiosa y llena de fuerza que no pudo darle la atención que se merece ya que su micro estaba bajo mínimos y solía quedar sepultado bajo las guitarras de Romeo de vez en cuando. Cuando llegó el momento de When All Is Lost, la gran balada del disco, la sala enmudeció. La intro en piano de Pinella es de lo mejor del disco y aquí Russell abandona por un momento el tono duro y agresivo para sacar a su relucir su faceta más melódica. Fue sin duda el gran momento de la noche.

La temperatura del local se volvía insoportable por la cantidad de gente, la energía desprendida y unos focos incomodísimos que no hacían más que deslumbrar al público y provocar quemaduras de tercer grado en las primeras filas. Russell comentó varias veces la olla a presión que era el sitio y repartió durante todo el concierto muchas botellas de agua entre la multitud. A pesar de ser una sala muy pequeña un par de descerebrados se decidieron a hacer crowd surfing, poniendo en alerta a muchos que evitaban que el sujeto en cuestión acabara aplastándoles. Otra vez, a pesar de mi experiencia en conciertos de metal extremo, era la primera vez que me enfrentaba a eso. Tampoco pasó nada, pero prefiero no tener que estar al tanto y disfrutar de la música en paz.

Tras ocho canciones de Iconoclast decidieron darse un descanso y volver a temas del pasado, fijándose sobre todo en el disco anterior, Paradise Lost. Cayeron Eve of Seduction, Set the World on Fire y The Serpent’s Kiss, que dio por concluida la noche. La ya clásica Inferno desató la locura entre el público, y la verdad es que venía como anillo al dedo dadas las circunstancias.

Al salir tras cuatro horas en el local de pie y con la certeza de que permanecería sordo hasta el día siguiente me di cuenta de lo reventado que estaba. A un concierto de estas características hay que ir preparado y muy bien descansado. Y por si acaso, con tapones.

Crónica del concierto presentación The Unforgiving – Within Temptation

La noche de un lunes de octubre extrañamente cálido en la capital me dirigí a La Riviera con la esperanza de conseguir una de las entradas para uno de los conciertos más esperados del año. A cambio de unos excesivos 33 euros conseguí uno de los pases que todavía quedaban a la venta, y evitando la ingente cola que daba la vuelta al local del Manzanares entré en el recinto. El pabellón circular de La Riviera, con su atrezzo tan hortera en forma de palmeras tropicales, no es ni de lejos el recinto ideal para un concierto. La acústica no la ideal, pero sus grandes dimensiones convencen a muchos artistas de renombre que buscan rentabilizar su visita al máximo. Y a pesar de caer en lunes, no se equivocaron, porque la sala se llenó.

Los desconocidos The Carnaval Queen empezaron puntuales a las nueve de la noche con una música tan derivativa como olvidable. La gente tenía ganas de caña y les siguió el cuento, pero cuando se fueron tras media hora nadie les echó de menos. Habían venido a ver a las estrellas holandesas y ese era su único objetivo.

Unos pocos minutos más allá de las diez la sala se quedó a oscuras y al fondo comenzó la proyección de “Mother Maiden”. La anciana en silla de ruedas narraba a la audiencia su misión y cometido, lanzándonos una severa advertencia: “You need no fear us, unless you are a dark heart, a vile one who preys on the innocent. Then heed my warning and heed it well. My servants will find you, this I promise. For we will hunt you down like the animals you are and pull you screaming feet first into the very bowels of hell!”

Y al fondo, recortada en la proyección de un rojo infernal, la divina figura de Sharon Den Adel. Locura colectiva de dos mil personas. Un bramido ancestral que sale de las entrañas de la tierra. Los coros y la orquestación de los teclados. La voz de Sharon con un tono desafiante incitándonos con los primeros acordes de “Shot in the Dark”. Unos segundos construyendo tensión y el estribillo rompe con toda la fuerza de las guitarras. Dos mil personas saltan al mismo tiempo como un solo ente, una masa primordial enajenada hasta el éxtasis siguiendo los compases de la Diosa de la Tentación. Tras un pasaje con unos teclados muy atmosféricos, las épicas guitarras vuelven a poseer por completo la sala acabando de forma grandiosa. Sin un segundo de respiro vuelven a la carga con el siguiente tema, el fabuloso y acelerado “In the Middle of the Night”. Sharon empieza a botar sobre el escenario y la multitud se vuelve loca, gritando a pleno pulmón la letra de la canción, levantando las manos al cielo y moviendo la cabeza en un headbanging salvaje en lo que parece un trance colectivo. Acaba y siguen con “Faster”. Las proyecciones no han parado en ningún momento pero ahora muestran uno de los cortos exclusivos que el grupo se ha reservado para sus apariciones en directo. Una persecución en coche a toda velocidad acompaña el single, con sus progresiones que acaban estallando por los aires en estribillos épicos.

Solo entonces Sharon toma la palabra para agradecernos a todos nuestra presencia allí esa noche. Han venido a presentar su último trabajo, “The Unforgiving”, y eso han hecho, con los tres primeros temas del disco. Sin embargo no se olvidan de sus viejos hits y desde la época de “Mother Earth” exploran todas las etapas del grupo, con sus canciones más emblemáticas. Las proyecciones aportan ese ritmo cinematográfico que siempre han tenido las canciones de Within Temptation, proyectando los videoclips correspondientes de las canciones o imágenes relacionadas con la canción. Caen todos los grandes y luego alguno más. Tres canciones de cada disco y hasta siete del nuevo trabajo, que suenan como clásicos que han estado tocando durante años.

El concierto van a un ritmo veloz pero en un par de ocasiones el grupo levanta el pie del acelerador, con las baladas “Fire and Ice” y “Memories”, la primera mucho más auténtica y épica que la segunda. Los videos que han preparado para las canciones de “The Unforgiving” llegan a su punto cúlmen con “Iron”, uno de los temas más agresivos del disco y que nos presentan con una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo bajo un aguacero. El videoclip de “Sinead”, ambientado en una discoteca resulta muy apropiado para la Riviera, pareciendo todo un maravilloso ejercicio de metaficción.

Los holandeses volvieron para un encore en el que volvieron al pasado con “Deceiver of Fools” y “Mother Earth”. Tras despedirse la gente empezó a corear el nombre de Sharon y tras un par de minutos la pantalla empezó proyectar un cielo anaranjado con una figura ascendiendo entre las nubes y el grupo entró una vez más a escenas para rematar la noche con “Starway to the Skies”, la última canción del disco. Tras agradecer la presencia de todo el mundo Sharon volvió a recordarnos por qué la audiencia española es la preferida de todos los grupos internacionales. Sencillamente, su entrega y pasión no se puede comparar con ninguna otra en Europa.

A las once y media pasadas las puertas se abrieron, las luces se encendieron y empezó a sonar la música que daba por terminado el show. En total hora y media un poco escasa pero muy bien aprovechada, con una Sharon Den Adel en estado de gracia y en control absoluto de la catarsis. 16 temas en los que no faltaba ninguno y una multitud entusiasmada. 90 minutos en el corazón de la tentación en los que perdimos la cabeza y ascendimos al cielo sinfónico.