Archivos para noviembre, 2011

El próximo viernes 2 de diciembre aterrizará en la sala Marco Aldany de Madrid la banda portuguesa Moonspell, interpretando principalmente temas de sus discos clave Wolfheart e Irreligious. Formada a principios de los noventa, el grupo liderado por el versátil Fernando Ribeiro hunde sus raíces en el black metal. A lo largo de su carrera han ido explorando corrientes musicales más acordes con el gótico, con mucha atención en la creación de atmósferas a base de teclados y enlas voces guturales de Fernando. Tras una carrera estable en la que han sacado 8 discos de estudio, los portugueses llevan casi cuatro años de silencio, desde que sacaron el esencial Night Eternal en 2008. Con ellos vendrán Ava Inferi, creación del ex-guitarrista de Mayhem, Blasphemer. Nos espera una noche de metal extremo con muchas dosis de melodía.

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Turisas, dios de la guerra.

Publicado: 22 noviembre, 2011 en Música
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Los finlandeses Turisas se han embarcado en un tour europeo tras posponerlo desde mayo para presentar su último trabajo, Stand Up and Fight. En él vuelven a buscar la inspiración en las aventuras de los Varyags, los aventureros que fueron desde Escandinavia hasta Constantinopla a buscar fortuna en el Imperio Bizantino. Prácticamente todas las canciones tienen que ver con la época. Algunas cuentan historias muy generales o nos presentan situaciones pinterescas de aquel periodo, como en la genial Venetoi! Prasinoi! en la que tratan sobre las carreras de carros bizantinas, un deporte de riesgo y muchas emociones que volvía la gente de la loca completamente loca. En The Great Escape nos narran el emocionante regreso a casa de un príncipe noruego tras pasarse media hora al servicio del emperador. Tras la negativa del basileo, el último vikingo pondrá en marcha un desesperado plan para traspasar la cadena que cerraba el puerto de Constantinopla.

Musicalmente el disco no se diferencia en nada del anterior, The Varangian Way, si bien ahora la producción está mucho más cuidada y los elementos sinfónicos han dado un paso en firme hacia adelante. Habrá que ver cómo responde el joven grupo a una situación en directo. Mañana 23 de noviembre tocarán en la Sala Arena de Madrid.

Crónica concierto Amorphis + Leprous

 

El sábado 19 coincidieron dos de las actuaciones más esperadas por cualquier amante del metal. Por un lado tocaban Opeth y Pain of Salvation en la sala Penélope y Amorphis y Leprous en la Sala Arena. Un choque de titanes en toda regla. A pesar que Opeth tenía las de ganar (por prestigio, alcance, calidad, nombre de los teloneros) tenía en contra el recinto, que no podía competir de ninguna manera con la Sala Arena y que equilibraba bastante la balanza. Soy seguidor de Opeth desde hace muchos años y discos como Blackwater Park y Ghost Reveries me parecen obras maestras, sin embargo la perspectiva de pasar otra velada en la sauna en la que sufrí a Symphony X un mes antes no me apetecía mucho. Entre que valoraba los pros y los contras una y otra vez se me pasó el arroz, es decir, se agotaron las entradas y me quedé con un palmo de narices. De todas formas no lo lamenté mucho. Ya no tenía que elegir. Era cuestión de ver el vaso medio lleno.

Llegué un poco apurado de tiempo a la cita, pasadas las siete y media, hora que señalaba la actuación del primer grupo de la noche, los españoles Nahemah. Nada más llegar empezaron la que fue su última canción de la noche. Miré el reloj. Me había pasado solo tres minutos de las siete y media, ¿cómo podía ser que estuvieran ya en la última canción? La respuesta había que encontrarla en los cambios a última hora que suele haber si las salas quieren adelantar sus sesiones de discoteca. En ningún sitio se había avisado de nada, y como yo fueron varios los que se perdieron a Nahemah. A pesar de todo al parecer tocaron unos míseros 20 minutos, así que tampoco nos perdimos mucho por cantidad, sin embargo, por lo que pude entresacar de una sola canción, sí que lo hicimos en cuestiones de calidad. Nota mental: escuchar a Nahemah.

A las ocho los noruegos de Leprous ya estaban sobre el escenario con su novedosa puesta en escena. Los cinco integrantes del grupo iban conjuntados, vestidos con ropas que remarcaban el rojo y el negro, con corbatas, camisas, chalecos y pajaritas. Daban una impresión más indie que otra cosa, pero nada más empezar el concierto Einar Solberg se encargó de disipar dudas. A pesar de tener la responsabilidad de los teclados, el cantante del grupo y sus rastas rubias se echaron a la espalda además la tarea de animar al público, haciendo el headbanging más salvaje que haya visto sobre un escenario. El tío agitaba la cabeza con tanta fuerza que creía que se iba a abrir la frente contra los teclados en cualquier momento. Se inclinaba tanto a la hora de bajar que ponía la cabeza entre las rodillas. A toda velocidad. Mientras tocaba los teclados, sin saltarse una nota. Una locura.

Leprous hace progresivo, pero sus temas más cañeros tienen tanta fuerza, son tan directos, que en muchas ocasiones aquello parece industrial. Los tíos son bastante capaces en sus tareas pero no subrogan la canción a su virtuosismo como hacen muchos en la escuela Dream Theater. Para Leprous lo importante es la creación de atmósferas, las emociones, lo que vertebra una canción. Se comportan como un todo, muchas veces acercándose al Wall of Sound para provocar una experiencia conjunta, única, ya sea calmada y contemplativa como en Mb. Indifferentia o la implosión cósmica de Waste of Air. Este tema de cinco minutos fue el súmmum. No tengo otra manera de describirlo. Me acordé de los momentos más bestiales de Mogwai, esa enajenación que te absorbe por completo y te funde los plomos del cortex cerebral, subiendo el input eléctrico de tus conexiones neuronales al standard de Nikola Tesla. Terminaron con Forced Entry, tema de diez minutos que resume a la perfección su último disco, el tercero de su carrera y que nos presentaron con orgullo en aquellos 40 minutos que se hicieron escasos. Cuando unos teloneros consiguen que no quieras ya ver al grupo principal si eso significara seguir con ellos es que lo han hecho de puta madre.

Pese a que nos habían metido mucha prisa, Amorphis se tomó sus buenos tres cuartos de hora antes de salir. A excepción de un pie de micrófono muy pintoresco, con válvulas, muelles y óxido incluidos, los fineses no utilizaron ninguna parafernalia. Sonó la melodía de Battle For Light a modo de intro orquestal y fueron saliendo para dar rienda suelta al Song of the Sage.

El nuevo disco de Amorphis, décimo en su dilatada carrera, adolece de una crisis de identidad. No hay absolutamente nada que no hayan hecho antes y mejor. Con Skyforger cerraron una etapa, llegando a la cumbre de la “trilogía Joutsen”. Al año siguiente sacaron una recopilación de temas de sus primeros discos, su etapa death, y los regrabaron con Joutsen. Y este año han sacado este The Beginning of Times que es una especie de mezcla de todo lo que han hecho hasta ahora: melodías pegadizas con una base de piano, riffs épicos, voces limpias y death growls. El problema es que ninguna melodía es muy pegadiza, ningún riff muy épico y Joutsen, siendo tan bueno como es, tampoco puede hacer milagros. Y en este tour han hecho lo mismo, tirando por la calle del medio con un setlist anodino y poco acertado, con un gran énfasis en el recopilatorio.

Los fineses estuvieron correctos, pero si no llega a ser por Joutsen hubieran fallado miserablemente. Esa Holopainen es uno de los guitarristas más sosos que haya visto nunca. El tío ni siquiera movía la cabeza y se pasaba la mayor parte del tiempo de lado, pasando del público, como si no estuviera allí. Cuando hicieron la cover del infame “Pussy” de Rammstein (el tema más asqueroso de un grupo sobrevalorado) a modo de intro no me lo podía creer. No podía entender como eran capaces de no tocar ni una sola canción del maravilloso Silent Waters y dedicarle un minuto a una de un grupo claramente inferior.

Tras doce canciones se fueron y volvieron para los tradicionales bises. Sonó la intro de Skyforger y me emocioné recordando la gran canción que es pero sabiendo de antemano que iban a tirar por el single de Silver Bride, una canción que considero la hermana menor de Skyforger, aunque muy buena. Siguieron con My Kantele, en la que Esa tuvo a disposición durante unos segundos un kantele eléctrico, algo que se quedó más en una curiosidad que en otra cosa dado el poco uso que le dio. Dieron por finalizado el concierto con House of Sleep, un temazo indiscutible del primer trabajo tras el renacimiento de Amorphis y el advenimiento de Joutsen.

Los fineses no habían llegado a la hora y media en total y se habían dejado muchas canciones en el tintero. Es una opinión muy personal, pero reconozco que el setlist me dejó  algo frío. Pero aun así fue una gran noche por varias razones. Una sala impresionante, con un gran ambiente y nada de agobios. Unos teloneros mayúsculos. Un tío con rastas por las rodillas que a la hora de hacer el molinillo creaba unas aspas asesinas de dos metros de diámetro. Descomunal Joutsen.

Crónica del concierto de Ulver

El viernes 18 de noviembre cayó sobre Madrid una tromba que en muy pocos minutos consiguió hacer estragos en el defectuoso alcantarillado de la Complutense. Respondiendo a una llamada de emergencia me vi sumergido hasta los tobillos en agua negra, achicando con todas mis fuerzas para salvar a un ciclotrón nuclear de una muerte segura y a una empresa familiar de la ruina. Tras dos horas de considerable esfuerzo y contar con refuerzos improvisados de amplia generosidad la situación se controló y pude dirigirme a la sala Caracol a disfrutar del concierto de los noruegos.

Las puertas abrían a las nueve pero no llegué hasta cuarenta y cinco minutos más tarde, con un par de lagos en mis zapatos y temiendo haberme perdido la actuación de los teloneros. No lo hice. Por una razón muy sencilla. No hubo teloneros. Era solo Ulver. Uno podía estimar que siendo así y habiendo pagado 28 euros por la entrada era de esperar un concierto bastante largo, de unas dos horas. Teniendo en cuenta que la banda no había girado en más de una década había gente que tenía esa esperanza. Tan vana como que tocaran el Nattens Madrigal. Allí cada uno se engañaba con lo que quería

Poco más tarde de las diez se abrió el telón y aparecieron sobre el escenario en la distribución más extraña que haya visto. El batería estaba escondido a la derecha, completamente de lado. Los otros tres miembros de la banda estaban dispuestos de tal manera que formaban un triángulo, cada uno en su estación de sonido. El “nuevo” Daniel O’Sullivan apareció de pie con el bajo, con una guitarra a un lado, un teclado enfrente y un portátil para samples. Tore Ylwizaker controlaba dos teclados a la vez y un portátil. Garm apareció con un micrófono, un ordenador para samples y un par de auriculares diferentes. Detrás de todos una chica y un chico estaban sobre una mesa con sendos ordenadores. En total acerté a ver cinco portátiles sobre el escenario. Todo un record.

Dieron el pistoletazo de salida con February MMX sin decir una palabra y continuaron con la siniestra Norwegian Gothic, England y September IV. Al fondo iban proyectando imágenes psicodélicas que se iban volviendo cada vez más y más extrañas. El cúlmen llegó con For the Love of God, en la que mezclaron imágenes de Crucificados con porno explícito de los años treinta, bombas nucleares, vacas siendo ordeñadas por máquinas, gente cortándole la lengua a una persona… Una experiencia indescriptible.

Tras ocho canciones y cincuenta minutos se fueron, dejando a muchos de piedra. Los habituales silbidos los trajeron de vuelta para tocar la mencionada For the Love of God y el que seguramente fue el momento de la noche, Little Blue Bird y Rock Massif, con una orquestación monumental que te sobrecogía entero. Tras una cover de un grupo de los 60 llamado The Troggs Garm anunció que ya había llegado su hora de dormir. Y se fueron. La gente volvió a silbar muchísimo y los tíos se dignaron a salir para obsequiarnos la onírica Eos, de su anterior trabajo Shadows of the Sun. Es una canción tan tranquila que se podría denominar Chill-out. Una nana perfecta para irse a dormir, ¿eh Garm?

Y eso fue todo. En total 80 minutos de música rara y trece canciones. A cambio de 28 euros. El nivel de calidad fue bastante alto por ese precio o te traes a unos buenos teloneros o te estiras y tocas un par de horas. No hicieron ninguna de las dos cosas y para mí es imposible estar satisfecho con su actuación. Eran la primera vez que tocaban en España y a Ulver hay que verlos aunque sea una vez en la vida. Pero eso, una vez y no más.

A la salida pillé por banda a Daniel O’Sullivan y le hice saber mi enfado. El tío me respondió que normalmente solo tocaban 50 minutos y ya, así que me debía sentir afortunado.

Son buenos, pero tienen unos cojones tan grandes que seguramente tienen que llevar un autobús adicional para transportarlos.

Crónica del concierto Orphaned Land + Arkan + Myrath

El día 13 de noviembre desembarcó en Madrid el autodenominado Oriental Metal Tour con la banda creadora del apócrifo subgénero y dos de sus más aplicados discípulos. Para ello eligieron la Sala Ramdall, lugar de infame memoria desde que acudí con toda la ilusión del mundo a ver el concierto de Katatonia en marzo de 2010. El lugar en cuestión es una discoteca que no está en absoluto acondicionada para eventos de este tipo: techo plano a tres metros, acústica horrible, un chiste de escenario a treinta centímetros del suelo y poco aforo.

De todas formas formas a las siete y media se subieron los componentes de Artweg, un grupo de hardcore francés que no tenía absolutamente nada en común con los demás grupos. Apoyado en la pared de atrás del todo aguanté los veinte minutos de una actuación inmunda que me niego a detallar aquí.

A las ocho sin embargo las cosas dieron un vuelco total con la entrada de Myrath, un grupo progresivo de Túnez con unas influencias árabes más que evidentes. Ya desde la primera canción demostraron su buen hacer, su profesionalidad y el gran atractivo de Zaher Zorgati, el cantante con alma de estrella. Tocaron muchas de las canciones de su último disco, Tales of the Sands, y con ellos nos internamos en una tormenta de arena mística para salir en un mundo de fantasía con interminables desiertos, palacios majestuosos, batallas épicas, jardines colgantes, bellas princesas, djinns y duelos con cimitarras al alba. No se me ocurre mejor forma de describir a este grupo que “Prince of Persia Metal”.

Su actuación fue sobresaliente. La importancia de los teclados es esencial y gracias a Elyes Bouchoucha este aspecto quedó tan bien como en el estudio. Cada capa de sonido, cada línea de guitarra, cada timbre exótico se percibía con total claridad. Y luego está Zaher, que con su enorme voz y su desparpajo consiguió ganarse a la audiencia, un poco reacia a dejarse cautivar por un “moro”. Fue el primer concierto de metal en que he visto al público gritando enfervorizada “guapo, guapo” al cantante y este dejarse querer, sonriendo a todo el mundo sin parar.

Tras 45 minutos mágicos se bajaron para dejar paso a Arkan, una banda francesa que hunde sus raíces en el Magreb africano. Su death metal abrasivo con influencias orientales se apoya en los bramidos de Florent Jannier  y la belleza de Sarah Laysacc, una preciosa chica capaz de aportar ese toque exótico y delicado al grupo. Me sorprendí al verla subir al escenario con el grupo, ataviada con un vestido tradicional, blanco y lleno de filigranas. Distribuyeron su repertorio con sus dos discos hasta el momento, Hilal y Salam. Triunfaron claramente al dar vida a su propuesta, fusionando el metal extremo con la exótica tradición árabe en una conjunción rompedora. No podía salir de mi asombro cuando Sarah nos llamó a bailar por la paz y tanto ella sobre el escenario como la audiencia en la pista, todos, nos lanzamos a hacerlo. Bailar. En un concierto de death metal. Digno de verse.

No llegaron a los tres cuartos de hora cuando dieron por terminada su actuación y dejaron paso a Orphaned Land. Los israelíes subieron a las diez puntuales, ante una expectación enorme generada por las doscientas personas que estaríamos allí.  Basándose en sus dos obras maestras más recientes, Mabool y The NeverEnding Way of ORwarriOR, ofrecieron un concierto de hora y media en la demostraron que en lo suyo son los mejores. De todas formas cometieron un fallo garrafal, y fue el sonido que quisieron imprimir al concierto, sin tener en cuenta las características de la sala, un sonido que había estado muy aceptable a pesar de todo durante las actuaciones de Myrath y Arkan. El ingeniero subió el volumen de todo de forma considerable, supongo para resaltar a Orphaned Land como cabeza de cartel, y lo que provocó fue que las vibraciones rebotaran en ese techo bajo y plano y llegaran distorsionadas y a un nivel en el límite de lo soportable. Una cagada en toda regla.

Empezaron el concierto con temas bastante duros como Halo Dies (The Wrath of God) o Barakah, donde Kobi Fahri resaltó su faceta más brutal. La visión era digna de enmarcar. Un tío con pintas de Jesucristo ataviado con una túnica blanca como en el siglo I, un rosario islámico al cuello, idénticas pelambreras y unas sandalias en los pies rugiendo como un demonio la sagrada Ira de Dios. Éxtasis místico asegurado.

Tras su single Sapari se metieron en la parte central del concierto, reservada para sus temas más progresivos como From Broken Vessels, The Path (Part 1) y The Warrior. Me quedé encandilado con la maestría y el virtuosismo de Yossi Sassi, un guitarrista experto en solos llenos de profundidad y emoción. Tras In Thy Neverending Way (Epilogue) se retiraron para volver para un encore tranquilo, con su gran balada The Beloved’s Cry y el gran solo de The Storm Still Rages Inside. Para despedirse definitivamente buscaron la colaboración del público para cantar Norra el Norra. Kobi nos lo indicó y todos cantamos con él. En hebreo. Y en árabe.

Nora El Nora, ne’ezar begvura shuvi elay malki
Dodi refa, nafshi nichsefa, lebeitach malchi
Nora El Nora, ne’ezar begvura

Salí reventado tras cuatro horas de música pero contento de haber asistido a semejante espectáculo. Muy de vez en cuando se tiene la posibilidad de ver en la misma noche a tres bandas de semejante calibre. La pena fue el lugar elegido. A ver si este Oriental Metal Tour se instaura en tradición y el año que viene vuelven a recorrer Europa expandiendo el mensaje de paz que proclama Kobi “Judíos, musulmanes y cristianos en el mismo autobús, compartiendo el pan y la música durante un mes. Todos somos una familia. Todos somos uno”.

Vayamos juntos a la Tierra Prometida, a traer nuestra paz a la tierra de la guerra interminable, a la tierra que mana leche y miel. La Tierra Huérfana.

We are the Terrorists of Light.

Crónica del concierto de Amon Amarth

Tras los cuarenta y cinco minutos de los griegos sépticos salieron los roadies a toda velocidad y desmontaron el escenario para dejar paso a la actuación que todo el mundo esperaba. Los suecos utilizaron de intro la conocidísima melodía de Réquiem por un Sueño y saltaron al escenario con War of the Gods, un tema endiabladamente rápido que resume a la perfección por qué Amon Amarth levanta pasiones allá donde va. Melodía, fuerza, épica y violencia vikinga en un tema de cuatro minutos que fue destrozado por un sonido horrible. La mole gigantesca que es Johan Hegg, con sus barbas a lo Thor y su barriga cervecera, trataba en vano de hacerse oír por encima de los riffs de las guitarras. Misión imposible.

Sin un respiro pasaron a Runes to my Memory en el que el sonido siguió igual. Parecía que de vez en cuando mejoraba pero no era más que una ilusión. Creo que ni el mismo Johan se daba cuenta porque no hacía ningún gesto a nadie para que le subieran el micro como suelen hacer prácticamente todos los cantantes al empezar un concierto. El carismático vocalista estaba absorto en la multitud de la sala, completamente entregada a la tarea de rendir pleitesía al grupo. Se tomaron un segundo para presentar al protagonista de la noche, Surtur, el gigante de fuego de Muspelheim que desde el fondo nos amenazaba a todos con su enorme espada ígnea. Sabía lo que venía y traté de aislarme para poder disfrutar del mejor corte del último disco, el inconmensurable Destroyer of the Universe. La canción empieza a mil por hora y no baja la intensidad ni por un segundo. La batería es una ametralladora Vulcan que te tritura el pecho, las guitarras te pulverizan el cerebro y el rugido hiper grave de Surtur derrite tus globos oculares. O al menos eso tenía que ser. La gente se volvió loca y los suecos suplieron con actitud y molinillos coordinados lo que no podían ofrecer por culpa de un ingeniero de sonido en Babia. En un momento de enajenación me imaginé que la figura en llamas de Surtur salía del telón y descargaba su furia antediluviana sobre el desgraciado. No pasó nada. Una pena. Habría sido acojonante.

No fue hasta el quinto tema, Live for the Kill, cuando la cosa empezó a mejorar un poco. El interludio de la canción, interpretado por los cellos de Apocalyptica, fue uno de los momentos de la noche. La melodía de cuerda va in crescendo, conteniendo la furia hasta que Johan, con su berrido descomunal, da la orden y setecientas personas gritan al unísono en un coro de desesperación. El clásico The Pursuit of Vikings permitió a Johan marcarse uno de los chistes de la noche, demostrando que bajo esa apariencia feroz se esconde un tío majísimo, un showman único dedicado por completo a que la gente pase un buen rato. Antes de comenzar la canción nos conminó a todos a cantar con él el estribillo: “Y si no sabéis las letras, no importa, nadie se dará cuenta. Es death metal”. Varyags of Miklagard nos trasladó mil años atrás en el tiempo para ponernos a las órdenes del emperador de Bizancio. Un riff aventurero y el jolgorio de Johan, que brindaba por nosotros con su cuerno lleno de cerveza, hicieron de este gran tema uno de los momentos de la noche, ya con la parte técnica bastante resuelta. Tras el aceleradísimo A Beast I Am nos sorprendieron volviendo a su disco debut de 1998, Once Sent From the Golden Hall. No conocía Ride for Vengeance y me esperaba un tema mucho más básico y amateur de lo que realmente fue, prueba de que el sonido de Amon Amarth no ha cambiado radicalmente en todos los años que llevan marchando por Midgard.

A continuación la sala se quedó a oscuras y una luz profundamente azul iluminó el escenario para crear la atmósfera del tema más melancólico de todo su catálogo, el colosal Embrace the Endless Ocean. Es una canción crepuscular que nos mete en la piel de un marinero vikingo que durante una tormenta es barrido por las olas y cae al mar desde su drakkar. El abrazo helado de las olas le va sumergiendo en el sueño de la muerte. Recuerdos del hogar que ya nunca volverá a ver le atenazan la memoria mientras se abandona poco a poco al océano interminable, mientras muere en absoluta soledad. Enorme.

Para resucitar nuestros corazones encogidos decidieron regalarnos una trilogía de violencia pura: Free Will Sacrifice, Asator y Death in Fire. Abandonaron el escenario con rapidez y la multitud empezó a corear su nombre con tanta fuerza que no se atrevieron a hacernos esperar mucho para regalarnos un par de joyas de su anterior disco, el monumental Twilight of the Thunder God. Precisamente con la canción que da nombre al disco iniciaron los bises. La batalla final entre Thor, dios del trueno, y Jormungaard, la serpiente marina cuyas escamas rodean el mundo entero, es la historia más épica que uno puede encontrar entre un catálogo repleto de historias épicas como es la mitología escandinava. 

Los suecos se despidieron con Guardians of Asgard, un homenaje a su legión de fans que habían comprado todas las entradas a la venta, a los muyaidines que se habían apostado desde tempranas horas de la mañana bajo la lluvia y el frío con la esperanza de conseguir un pase para poder ver a sus ídolos, a sus hermanos en comunión metálica. Y es que con actitud, espectáculo y una audiencia entregada las grandes bandas son capaces de sobreponerse a un tropezón como el que tuvieron al inicio debido a una parte técnica deplorable. Todo esto convierte una actuación de Amon Amarth en un evento obligatorio para todo amante de la música metal.

Crónica del concierto Septic Flesh

El 4 de noviembre de 2011 en Madrid hacía un tiempo ciertamente desapacible. Frío, lluvia y viento que conminaban a la gente a pasar la tarde en su casa y olvidarse de salir por ahí. Llegué a Plaza de España con mucha antelación para ir con calma. Estaba esperando en la esquina de la calle Princesa a que el semáforo se pusiera en verde y no pude evitar fijarme en la cola que ya se adivinaba ante la sala. Miré el reloj. Faltaba todavía más de hora y media para la apertura de puertas. Un grupo de algo parecido a indignados metálicos se manifestaba con pancartas delante de las taquillas cerradas. No tuve que forzar mucho la vista para leer una de ellas: “Compro entrada para Amon Amarth. Ofrezco 60 euros”. Estaba pensando en los 27 que me había gastado yo y la suerte que había tenido de conseguir una antes de que se agotaran cuando un autobús pasó a un metro escaso de mí, hundiendo la rueda en un socavón y produciendo un tsunami que me golpeó de lleno, haciéndome sopa los pantalones. Empezábamos bien.

Unas buenas cervezas y una conversación animada en un bar cercano consiguieron cambiarme la actitud. Aunque la apertura de puertas estaba programada para las 19:00, cuando por fin salimos veinte minutos más tarde la serpiente no había hecho más que enroscarse aun más entre los edificios. Los muyaidines aguantaban con latas de cerveza y guardaban toda su furia para desatarla en el concierto. Había ganas de violencia vikinga.

Sin embargo esta tenía que esperar. El primer plato de la noche estaba reservado para los griegos de Septic Flesh. Haciendo malabares en el minúsculo escenario de la Heineken habían levantado la batería con un crucificado cadavérico a cada lado. Sobre cada uno de ellos había una leyenda distinta: The Architect, The Destroyer. El arte de Seth Siro no es solo satánico y profundamente blasfemo sino que congela las entrañas, sumergiéndote en un inframundo donde lo oculto acecha en cada esquina. Y sin tener que esperar mucho empezaron a sonar las voces místicas del primer tema de su último álbum. Los miembros del grupo salieron entre gritos y cánticos demostrando que había muchas ganas de verlos. Seth hizo un llamamiento para ver los cuernos demoníacos y, con su presencia de oscuro misticismo, empezó el riff maligno y bestial de esa joya que es The Vampire from Nazareth.

La música de Septic Flesh, a pesar de ser muy extrema (blackened death metal), está concebida para escucharla con cierta calma. Es música muy siniestra pero contemplativa. Estaba preocupado por cómo el grupo trasladaría algo así a la atmósfera de un concierto de metal extremo. A lo largo de las ocho canciones que tocaron (cuatro de cada uno de sus últimos discos) los griegos fueron muy competentes desde un punto de vista técnico pero flojearon, inevitablemente a mi juicio, en la propuesta escénica. Cuando llevas el 60% del material pregrabado (todas las partes orquestales y las voces limpias) el término “música en directo” no tiene mucho sentido. De todas formas eso no parecía molestar a los fans más acérrimos que empezaron a agitarse en un caos incontrolable. Ya desde el principio empezaron los empujones y las broncas en la parte central. Gracias a mi situación privilegiada, muy adelante y a la derecha, los evité por completo, pero eso no quiere decir que no mosquearan. La gente más mayor iba desalojando esa zona plagada de críos con poco seso y se agenciaba sitios, si bien no tan buenos para ver el escenario, sí más calmados. The Great Mass, Communion, Pyramid God. Los temas iban pasando y el grupo cumplía. Hasta que a mitad de Persepolis, en el interludio instrumental, Seth empezó a hacer gestos para separar a la gente.

En mi anterior crónica tildé de gilipollas a Magnus Klavborn por llamar a un Mosh Pit. ¿Qué calificativo se merece entonces Seth por ordenar y llevar a cabo un Wall of Death? ¿Es que esta gente no se da cuenta que estas cosas pueden llegar a ser bastante peligrosas? ¿que no hace otra cosa más que reforzar el estereotipo que tiene la gente sobre los fans del metal extremo como descerebrados subnormales? Seth, eres un puto genio, pero está claro que algo no funciona bien en tu córtex cerebral. Tu música es mucho más que hardcore idiótico. Deberías tener la personalidad suficiente para aguantar el tirón de los que ven en tu música simplemente una forma de escape a su agresividad. Sí, tiene eso, pero también muchas otras cosas.

Tras retirarse con Five-Pointed Star y habiendo transcurridos 45 minutos de concierto no pude evitar tener una sensación agridulce. Habían tocado un setlist breve pero con canciones esenciales, Seth había estado enorme en su faceta vocal y el batería era una máquina de esas que solo existen en el death metal. Y sin embargo el concierto no había hecho justicia a los discos de estudio. ¿Lo podrían haber hecho mejor con los medios de los que disponían? No. O cuentas con los 150 músicos de la orquesta filarmónica de Praga, un teatro a la altura, el coro, la solista soprano y a Sotiris Vayenas para las voces limpias o no puedes hacerlo. Septic Flesh es un grupo demasiado complejo para comportarse como otra banda más de metal extremo, pero entiendo que no les queda más remedio si quieren sobrevivir.