Archivos para septiembre, 2011

Crítica A Rose for the Apocalypse – Draconian

La dualidad entre las voces de una mezzosoprano con un timbre frágil y el bramido poderoso de un cantante masculino. Muchos grupos en el metal gótico popularizaron este sistema en los noventa. No hay apenas ningún grupo de la escena que no lo haya probado alguna vez, aunque sea de forma tímida, como es el caso de las superestrellas Nightwish y Within Tempatation, que tontearon con esta técnica en sus primeros discos. Sin embargo son bandas como Epica o Theatre of Tragedy quienes abrazaron sin dudas esta manera de acercarse al público. El violento contraste buscaba otorgar más capas de profundidad a la música, un cromatismo con un amplio abanico y la posibilidad de jugar con diferentes texturas. Llegaba al corazón del oyente con una doble finalidad: canalizar toda su violencia, agresividad y energía y a la vez susurrar a su frágil y delicado corazón. También hay muchos grupos que abrazaron las voces “la bella y la bestia” como una forma de abarcar más mercado, fallando de forma estrepitosa.

Draconian se distingue por basar toda su idea musical en este sistema, con dos cantantes dedicados en exclusiva a esta técnica. Arropados por un elenco de músicos con enorme talento Lisa Johansson y Anders Jacobsson se han erigido sin ningún género de dudas en los estandartes de la misma. Ella es la bella. Él es la bestia. No hay más. Son los mejores y “A Rose for the Apocalypse” no es más que la reafirmación de este hecho.

Desde un punto de vista musical no encontramos grandes novedades en este quinto disco de estudio. Su entrañable mezcla de doom y metal gótico produce canciones que se mueven a su libre albedrío entre lo pesado y lo liviano, lo violento y lo amable, el frío y el calor. Si bien esta vez el grupo ha conseguido dotarle a sus canciones de una épica oscura gracias al uso constante de los teclados. Como sigue siendo habitual, la primera canción del disco es un temazo incontestable, una obra monumental que sale a toda velocidad y una fuerza apisonadora y que entra por derecho propio en el olimpo de las grandes openers draconianas como ya hicieron antes The Cry of Silence, Seasons Apart o She Dies.

A lo largo del disco Draconian explora otras facetas, más atmosféricas y reposadas, mucho más lentas, con unos riffs que sepultan todo bajo su peso. Y es que Draconian no olvida en ningún momento sus raíces doom. Son canciones que hablan de oscuridad y muerte, de tristeza insoportable y del mundo agonizante. Sin embargo la música consigue de vez en cuando regalar un momento de luz y esperanza, de acuerdo con el plan maestro de contraste absoluto que Draconian pregona.

En definitiva “A Rose for the Apocalypse” es un disco muy logrado, con un balance perfecto entre la voz de Lisa y el rugido de Anders. Las letras arropan las composiciones musicales como los poemas que son, con versos muy conseguidos y depurados que llegan muy adentro. El particular mensaje ecologista de Draconian se abre camino a la lista de los mejores discos del año.

On the shore, lost in our time,
currents are bursting through
From the sky; an aberration;
chimeras’ burning you
The drowning age has given birth,
we better unfold our hands
As we weep; then we shall wake
to return the inborn Earth

9/10

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Había que volver de alguna manera, y esta es mi forma de hacerlo. He entrado hoy y me he dado cuenta de que el blog ha sido visitado ya 1000 veces. Para celebrarlo comparto con vosotros una crónica que envié a Rolling Stone sobre el pasado Sonisphere de Madrid, a mediados de julio. Como no he sabido nada desde entonces no creo que haya ningún problema con que recicle el texto. Espero que os guste.

Scream for me Madrid.

El segundo día del Sonisphere comenzó bajo un sol de justicia que castigaba sin
piedad a los miles de heavies que peregrinaban hasta el recinto del festival, en
un polígono industrial cerca del Cerro de los Ángeles, lejos de toda
civilización.
Las mangueras que el día anterior habían refrescado el ambiente y aliviado a los
aficionados estaban desaparecidas en combate en una decisión incomprensible por
parte de la organización. Ningún grupo se salvó de la quema que resulta actuar
en unas condiciones tan lamentables para el público. La escasa sombra que
proporcionaban las carpas de las bebidas aglutinaba a muchos que desesperaban
por escapar del golpe solar. El hecho de que quedaran bastante lejos del
escenario como para poder disfrutar bien de los conciertos no era un factor a
tener en cuenta. Primaba la supervivencia personal.
Con Hammerfall y Mastodon la cosa no se torció demasiado. Fueron intervenciones
cortas y muy directas. Los americanos en particular ejecutaron su sonido
extremo, progresivo y stoner mejor que en el pasado, con una actuación tan
compacta como un puñetazo que noqueó a muchos de los asistentes. Sin embargo el
interés por estos grupos era reducido y la cantidad de gente no agobiaba. Con
Apocalyptica no sucedió lo mismo. Los discos de estudio de esta banda de
cellistas son muy notables pero su sonido no se traslada tan bien al directo, y
mucho menos al directo de un festival. Pero la curiosidad congregó a mucha gente
en torno al escenario, empezando a levantar las primeras nubes de polvo. La
primera canción de los fineses hacía presagiar un buen concierto, pero no
resultó más que un breve espejismo. Sonaron muy sucios y cobardes, sin atreverse
a ocupar por completo la lista de temas con canciones de su creación y confiando
demasiado en sus versiones de Metallica para contagiar al público. No dejaban de
ser un poco ridículos en su intento de parecer estrellas del rock con un cello a
cuestas, un instrumento que no destaca precisamente por su manejo y movilidad.

Tras la decepción supina de Apocalyptica todos empezaron a mirar la hora de
Dream Theater para resarcirse en lo que parecía una apuesta segura. Un grupo tan
técnico, con tanto recorrido y tan profesional no podía defraudar. Y, a pesar de
todo, lo hizo. Con una insultante hora de concierto los virtuosos de Dream
Theater no tuvieron tiempo de sacar ninguno de los pesos pesados de su arsenal,
y la audiencia lo echó en falta. El cantante James LaBrie parecía aburrido y con
ganas de salir de allí cuanto antes. El resto del grupo se concentró en
interpretar sus solos imposibles y poco más. Tras presentar una canción de su
inminente álbum y repasar algunos de sus temas más emblemáticos abandonaron el
escenario. Quedaba todavía una hora larga para la irrupción de los reyes de la
noche pero las condiciones no podían ser peores. Un público muy cansado, febril
por el sol, que empezaba a tener los pulmones llenos de polvo y profundamente
decepcionado con unas actuaciones que no habían estado a la altura.
Todo dependía de los Maiden. El sol empezó a bajar por fin y cuarenta mil
gargantas se asentaron apuntando sus esperanzas hacia el escenario en oscuridad.
La larga intro Satellite 15 llenaba la explanada, colmando los nervios del
público con su interminable himno marcial. Y de pronto, la voz de Bruce
Dickinson y se descubre el enorme escenario de cartón piedra que los británicos
han preparado para esta ocasión. Ambientado en la portada y el mundo creado con
su último disco, The Final Frontier, el escenario parece un gigantesco hangar,
repleto de satélites y motivos espaciales. Miles de personas gritan al ver a sus
ídolos de siempre saltar obviando que están ya muy metidos en la cincuentena.
Entre ellos destaca Dickinson, que no para de correr desde el primer momento por
las diferentes alturas del hangar apelando hasta la última alma concentrada allí
esa noche.

Esta vez Iron Maiden ha venido con la intención de presentar su último disco y
meter muchas de sus canciones en el set list. Tras la inicial The Final Frontier
nos encontramos con El Dorado, The Talisman y Coming Home, intercaladas con la
clásica 2 Minutes to Midnight (del imprescindible Powerslave) y la también
moderna Dance of Death antes de llegar al primer tema que realmente vuelve al
público completamente loco. Cada vez que el grupo termina una canción el telón
de fondo cambia y presenta la siguiente, mostrando el motivo que la identifica.
Durante la primera parte del concierto los británicos han confiado en el buen
hacer de su frontman para motivar a un público que en muchos casos todavía no se
sentía cómodo con las nuevas melodías. Sin embargo cuando la figura de Eddy
ataviado como un soldado de la guerra de Crimea aparece en el telón de fondo la
multitud grita entusiasmada, presa del histerismo colectivo. Con un sable en una
mano y la Union Jack en la otra, Eddy mira desafiante a los ojos de cuarenta mil
heavies, retándoles a corear The Trooper hasta el límite de sus pulmones. Adrian
Smith y compañía comienzan el riff y Bruce sale al escenario vestido con una
casaca roja y una bandera británica gigante. Y el resto está descrito en el
manual de las estrellas del rock que ellos mismo han escrito. El público cae de
hinojos rindiendo pleitesía a los reyes del heavy metal y hasta los escépticos
se convierten a la religión de hierro.
Desfilaron temas más modernos como The Wicker Man y las semi baladas Blood
Brothers y When the Wild Wind Blows, que sonaron de maravilla, poniendo de
relieve la riqueza instrumental y atmosférica de la que son capaces cuando no
toman el camino de himno metal directo. When the Wild Wind Blows marcaba el
final de la presentación de The Final Frontier y el resto del concierto fue un
regalo para los seguidores veteranos que suspiraban por más de los antiguos
éxitos. Con el inicio de The Evil That Men Do la explanada volvió a venirse
abajo y la guinda del pastel la puso la remodelada mascota Eddy, que se atrevió
a salir al escenario con sus cuatro metros de altura y aspecto terrorífico. Jugó
con los miembros de la banda y estos le acabaron prestando una guitarra para que
se marcara uno de los solos de la canción. Uno de los detalles que convierte un
concierto de un grupo de rock en un espectáculo que trasciende fronteras
musicales.
Fear of the Dark marcó el momento de mayor contribución de un público entregado.
Tanto las guitarras como Bruce dejaban espacio para la intervención de los
asistentes y guiados por la mano experta de Dickinson no dudaron en arrostrarse
la tarea de cantar uno de los temazos indiscutibles del grupo. Con Iron Maiden
la banda homenajeó a la canción que los bautizó hace ya más de 30 años. La
sorpresa fue mayúscula cuando una cabeza gigantesca del Eddy alien salió por
detrás del escenario, con los ojos rojos brillando en la oscuridad y abriendo
las fauces, amenazando con devorar a todos.
Tras terminar el tema el grupo se despidió demasiado rápido y todo el mundo dio
por supuesto que volverían para el tradicional encore. No se hicieron de rogar
demasiado y al poco salieron para tocar tres temas más de sus primeros discos.
The Number of the Beast sonó tan emblemática como hace décadas, al igual que
Hallowed Be Thy Name y Running Free, con el que se despidieron finalmente de
todos los allí congregados.
Cuando finalmente se fueron, los Maiden dejaron tras de sí la impresión de que
el tiempo no pasa por ellos, y que todavía son los maestros indiscutibles del
heavy metal a ese nivel de espectáculo y grandiosidad. Bruce Dickinson y sus
sempiternos “Scream for me Madrid” se llevaron de calle a un público que había
padecido mucho en una tarde sofocante y con unos grupos que no habían estado a
la altura. Cuarenta mil gargantas volvían a la marabunta y al calor asfixiante
pero algo había cambiado. En la mente de muchos cada vez cobraba más fuerza un
pensamiento: “Ha valido la pena”. El polvo, el calor, la sed, el precio de las
entradas, las incomodidades de un festival alejado de todo, la mala
organización, la aglomeración de gente… Iron Maiden se había bastado para
inclinar la balanza de su lado y convertir en un éxito lo que parecía abocado al
fracaso.
¡Up the Irons!